Conceptos y método para abordar la identidad nacional a partir de Benedict Anderson

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Lo primero que nos expone Anderson sobre el tema es la enorme controversia y polémica que suscita la cuestión de la identidad nacional, el nacionalismo y el mismo concepto de nación. Lo primero que deja claro es que concibe nacionalidad como una clase particular de artefacto cultural. Se ocupa pues de explicar porqué estos artefactos tienen una legitimidad emocional tan profunda y cómo la han generado.

Las primeras consideraciones que hace relativas al concepto nación son estas elocuentes paradojas: 1. Modernidad del concepto (según los historiadores) ante la antigüedad atribuida por los nacionalistas. Mientras parece que nación es otro de los conceptos que se incorporan a la nueva configuración europea ligada a la Modernidad, la dimensión ontológica del concepto lo remite indudablemente a pasados inmemoriales. 2. Universalidad (todo el mundo tiene que tener una nación como tiene que tener un sexo) ante la particularidad de cada uno de los disparos nacionales. Mientras la organización mundial se estructura ya en términos de nación y más concretamente de Estados Nación, cada uno tiene que reivindicar la idiosincrasia que lo hace ser una nación distinta de las otras. Y por último, 3. Destaca el relevante poder político de la nación ante la debilidad filosófica del concepto. No hay ninguno otro “isme” que sea tanto pobre en teóricos dice Anderson.

A continuación quiero compartir alguna otra definición sobre la cuestión que ahora abordamos, las identidades nacionales: Una primera definición positiva y operativa nos lo ofrece el antropólogo Manuel Delgado cuando afirma el siguiente:

Como toda identidad, no es otra cosa que un incierto nudo entre materiales vivenciales incomprensibles por separado. Los elementos de esa identidad magmática conformarían un continuo cuyos elementos sólo se distinguirían entre sí a partir de principios lógicos de analogía y correspondencia. Esa identidad puede ser experimentada, pero no pensada. Para hacerla inteligible es preciso convertirla de continua en discreta, de analógica en digital. Es entonces cuando la identidad se convierte en identificación que te permite o le permite a otros distinguirte a partir de tu ubicación en una trama clasificatoria en que toda diferencia se convierte en oposición1

Hace falta también convocar alguna definición complementarias como las de nación. Josep Ramon Llobera2 nos dice que la nación hay que entenderla como el valor simbólico más elevado de la modernidad poseyendo un carácter casi sagrado igualado sólo por la religión, tanto es así, que a la práctica, la nación se ha convertido en el sustituto moderno secular de la religión o en su más poderoso aliado (p.10).

Benedict Anderson propone definir nación como una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana. Se imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión (p.24).

Imaginada porque, por definición, una comunidad más grande que una aldea tiene que ser imaginada dado que es imposible que tengamos vínculos fácticos o interacciones con todos los miembros de la comunidad. En este imaginarse comunidad también juega un papel significativo la memoria o mejor decir, el olvido. Es decir, la memoria que ha seleccionado previamente qué recordar y que no. La construcción de una comunidad imaginada requiere imaginarnos ligados a personas que nunca veremos y recordar –tanto como olvidar las mismas cosas.

Limitada, porque requiere límites, de fronteras. Soberana porque nace en un momento de escepticismo respecto a la legitimidad de los reinos dinásticos que tanto la Ilustración como el Romanticismo habían minado. Ante la multiplicidad, nuevamente, la creencia en la unicidad que podía otorgar la idea de nación permitía alimentar un anhelo de libertad colectiva que tendría en la Sido-Nación el suyo más fiel garante.

Y finalmente se imagina Comunidad porque se entiende como expresión de un profundo compañerismo fraternal y horizontal. La semilla de este sentimiento serviría miedo entender la capacidad de movilización y de crispación que tiene siempre y en todas partes, los movimientos nacionalistas.

Los atributos del concepto tienen que ver con que es encuentra siempre en el núcleo de complejas luchas ideológicas sobre qué es o no la nación, cuáles son sus miembros, que implica ser o no; en una misma línea, la nación no deja de ser un apresurado dialéctico de aquello viejo y aquello nuevo: de continuidad y ruptura y de centro y periferia, vectores todos en perpetua redefinición; y por último, nación se concibe como una realidad inmutable y casi eterna.

Una propuesta interesante de Anderson es encuadrar el Nacionalismo, en vez de con el liberalismo, el socialismo o el fascismo, con el parentesco y las religiones. Este encuadre del objeto nos aproxima a su naturaleza teórica de manera más precisa y amplía que si simplemente lo consideramos un corriente político ideológico. Esta equiparación nos ayuda a entender la trascendencia del concepto y los efectos sociales que procura sobre individuos o sobre colectividades. La nación es capaz de aglutinar y hacer persistir lealtades que ninguna ideología política a logrado. La nación, por muy incómodo que ha sido, por ejemplo por la concepción marxiana de lo historia, tampoco ha desaparecido, del mismo modo que no se ha esfumado la religión o las doctrinas sobre el más allá, la divinidad o el destino ni menos todavía, la capacidad de las filiaciones familiares para establecer compromisos, obligaciones y posibilidades.

Es en los primeros capítulos de esta obra ya canónica sobre los estudios nacionalistas donde se expone los raíces culturales del nacionalismo y se afirma que sólo el nacionalismo -contrariamente al liberalismo o el marxismo- es capaz de contemplar entre su magma de impulsos y retóricas, los aspectos relativos a la vida o la muerte. En este sentido, es obvio la afinidad religiosa del nacionalismo. En estos términos entiende Anderson la comunidad religiosa, como uno de los sistemas culturales que anunciarán el advenimiento posterior del nacionalismo (la otra será el reino dinástico pero que aquí no trataremos).

La llegada de la Ilustración dejó muchos interrogantes trascendentees sin responder. Aquello que empíricamente no era demostrable no se podía estudiar, no nos lo podíamos preguntar ni menos encara responder. Es el que autores como Max Weber divisaron como la demanda de un reencantament del mito, donde el nacionalismo vendría a traerse –por encima de otras configuraciones interpretativas más o menos esotéricas o abstractas- el gato del misterio al agua de la funcionalidad social (si me disculpáis la paràfrasi). Desde un punto de vista metodológico podemos aprender del nacionalismo como la religión en acción, observamos los actuales rituales de investidura, los fervores y admiraciones que despierta, la conversión de los líderes políticos en lo más pareciendo al Mesias, el establecimiento de los límites entre el sacro y el profano (o el que es constitucional o no, legal o no, democrático o no). En este sentido es que propone que alineamos nacionalidad con grandes sistemas culturales en vez de ideologías políticas

Ahora vamos a conocer la propuesta de Anderson para responder a la pregunta sobre los orígenes de la conciencia nacional.. Concretamente Anderson se pregunta cuales fueron las condiciones que posibilitaron la experiencia de comunidad tipo horizontal- secular Con esta pregunta se inicia este capítulo. Anderson nos explica el papel del capitalismo en expansión propulsando la industria editorial. Las necesidades de esta lógica económica comportaron que, en una época donde se imprimía básicamente en latín por élites, se acabara saturando el mercado en unos 150 años. De forma que a finales del siglo XVI, la busca de nuevos mercados comportó un aumento de las ediciones baratas y en lengua vernáculo, aumentando la difusión de nuevas ideas, y bajo todas ellas, una nueva, hay una comunidad en la lengua, la lengua territorialitza, de manera todavía abstracta, la conciencia de formar parte de una comunidad –imaginada todavía- con un fundamento que traspasaba el hecho imperativo de que todos sus miembros se conocieran. Ahora, el indicador de adscripción pasaba a ser un elemento propio y distintivo, una lengua vernáculo.

Este impulso del capitalismo hacia las lenguas vernáculas se vio reforzado por dos factores que contribuyeron al surgimiento de la conciencia nacional. El primero la conversión del latín en una lengua arcana y en cierta medida esotérica; esto de retruque podría desvelar la ficción ecumènica del cristianismo. El segundo factor fue la repercusión de la Reforma luterana. Lutero fue, para decirlo así, el primer Best-seller de la época que se acababa de inaugurar. Muchos quisieron aprovechar esta capacidad de difusión en despecho del catolicismo que seguía defendiendo el latín como lengua escrita primordial. Esta alianza entre el capitalismo y la imprenta creó rápidamente nuevos grupos de lectores (mujeres y comerciantes) al mismo tiempo que los movilizaba por la causa modernitzadora con finalidades politico- religiosas. Por lo tanto, no tantos sólo se vio sacudida la religión, también los Estados. Estos empezaban a ver que aparecían de nuevos que ni eran producto de la evolución del reino dinástico ni ciudades antiguas.

El tercer factor fue la difusión lenta y desequilibrada geográficamente de las lenguas vernáculas como instrumentos por la administración. Cosa que no costó mucho dado que ningún Estado pudo nunca monopolizar el latín, de forma que no tuviera nunca una verdadera contrapart política significativa.

En definitiva esta nacimiento administrativo de las lenguas vernácula colaboró en la erosión de la ecumènica comunidad imaginada, previamente a las revoluciones de la imprenta y las religiones al siglo XVI. La elevación pues, de estas lenguas vernáculas a la posición de lenguas del poder hizo otro contribución a la decadencia de la comunidad imaginada de la cristiandad.

Anderson sintetiza el expuesto hasta ahora de la siguiente manera:

Lo que, en un sentido positivo, hizo imaginables a las comunidades nuevas era una interacción semifortuita, pero explosiva, entre un sistema de producción y de relacionas productivas (el capitalismo), una tecnología de las comunicaciones (la imprenta) y la fatalidad de la diversidad lingüística humana (p.70).

Pero bien, de qué manera las lenguas vernáculas impresas resultaron las entonces de la conciencia nacional? Anderson propone tres formas distintas: primero, crearon campos unificados por debajo del latín de las élites y por sobra de la lengua vernácula hablada, de forma que cada día más, todos los «españoles» o «franceses» o «catalanes» vieron como la imprenta facilitaba la normalización y formalización de la lengua facilitando, no sólo la comunicación entre los miembros de la misma comunidad, también imaginarse y circunscribir esta comunidad a todos los que conocían la lengua y expulsar de la misma a los que no.

La segunda cuestión es que el capitalismo impreso permitió fijar el lenguaje y forjar una imagen de antigüedad necesaria en la conceptualización de la nación. El cambio en el idioma se fue arraigando y haciendo pues que la lengua escrita, sigués la misma –o con muy pocas variaciones- que la que hablaban nuestros ancestros. Una tercera cuestión será que habían ciertos dialectos que estaban más aprop de la lengua impresa de forma que aquí también se proyectó una nueva jerarquía. Esta nueva jerarquía fue produciendo poco a poco la aparición de subnacionalitats que tienen como prioridad incorporarse al lenguaje imprimido.

1Delgado, M (2013) «Algunas cosas sabidas, pensadas y vividas en relación cono el proceso soberanista en Cataluña». Palabras de apertura de las III Jornadas Doctorales en Antropología, Universitat de Barcelona, 3/6/2013

2 Llobera, J. R. (1996). El Dios de la modernidad : el desarrollo del nacionalismo en Europa occidental. Barcelona : Anagrama.

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