La frontera constituyente. La inversión de Frederick Barth respecto al estudio de los grupos étnicos

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Este texto de Frederik Barth se ha convertido un clásico del pensamiento antiesencialista. Por dos motivos: Barth se fija en la dimensión dinámica de los grupos humanos y su relación con otros grupos y no en la dimensión estática y cosificada de la categoría cultura, grupo étnico o nación; y segundo, Barth destaca la fuerza positiva del rechazo, o dicho de otro manera: considera como constituyente del ser (en este caso colectivo pero se podria establecer una analogia con el ser individual) lo negativo o lo exterior frente a lo positivo o lo interior. Es decir, somos tanto lo que queremos ser como el que no queremos ser, personal y colectivamente.

Intentaré desarrollar estas dos ideas que a mi parecer explora Barth. Su interrogante se inicia señalando un nuevo objeto de estudio: en vez de estudiar los «grupos discretos de individuos», es decir, la conducta humana colectiva, lo que de manera corriente se entiende por cultura de un grupo humano, Barth propone estudiar sus fronteras y cómo estas explican en gran medida la constitución de los mencionados grupos humanos.

Tal y como comentamos hace unos días, cabe volver a preguntarse: qué se quiere decir con la expresión pensamiento antiesencialista? Pues que no hay ninguna esencia ni en los individuos ni en los grupos humanos. Esto quiere decir que no hay ninguna variable explicativa determinante para dar cuenta de la conducta de un sujeto y menos para explicar la de un grupo cultural completo. El antiesencialismo, si queréis, radical, diría que no existen variables explicativas, que todas son variables a explicar. Este principio implica que, por ejemplo, el grupo étnico o la cultura NO EXPLICAN nada, si no que, como antropólogos, como sociólogos, como investigadoress, debemos  explicarla.

Las culturas no son islas ni tampoco archipiélagos. La diversidad cultural no tiene que ver con el aislamiento, más bien lo contrario, tiene que ver con las interacciones nos dice Barth. La conservación de las culturas no es cuestión de aislamiento sino de intercambio, tanto positivo como negativo. No se delimitan las fronteras para separar dos grupos humanos distintos; primero se establecen las fronteras y después se buscan o inventan las diferencias, y a ser posible, las que supongan mayor antagonismo o resultan más irreconciliables.

Hay que insistir, las distinciones étnicas categoriales no dependen de una ausencia de movilidad o intercambio, al contrario, implican procesos sociales de exclusión y de incorporación. Mediante este mecanismo se pueden conservar categorías distintivas- discretas a pesar de los cambios de participación y afiliación. Las distinciones étnicas, dice Barth, no dependen de una ausencia de interacción y aceptación sociales, contrariamente son el fundamento mismo sobre el cual están construidos los sistemas sociales que los contienen. Las distinciones étnicas pues requieren de interacción y no de distancia; no puede haber distinción sin proximidad.

Lo que presenta Barth son tres supuestos metodológicos resultantes de las etnografías sobre grupos étnicos con las que trabaja. El primero es la que caracteriza el grupo étnico como categoría de adscripción y de identificación; es decir, una categoría que organiza la interacción intragrupal y exogrupal. El segundo, los grupos étnicos son un resultado, o mejor dicho un proceso y se trata de conocer estos diferentes procesos que se convocan en la generación y conservación de los grupos étnicos y tercero, se trata de estudiar los límites étnicos y su persistencia por encima de su contenido; es decir, qué es innegociable de «nosotros», qué es irrelevante y que nos hace que para identificarnos haya que hacerlo siempre en relación a los «alters» y a los «otros»? Esta propuesta comporta una multiplicación de los factores o variables que explican la diversidad. Y esto parece una cosa muy sabida pero cada día podemos comprobar que no se así. Actualmente, por la mayoría de facultades de CCSS o humanas, el descubrimiento de Barth resta incógnito.

El primer error epistemológico que denuncia Barth es el considerar los grupos étnicos como portadores de cultura. A este atributo se le acostumbra a dar una importancia vital –para no decir, letal-. Este error epistemológico comporta que se tienda a identificar y distinguir a los grupos étnicos por las características morfológicas de las culturas que supuestamente son portadores. El error está en que estas unidades étnicas no están fosilizadas, es decir, por un lado existen discontinuidades en el tiempo, de forma que la cultura que practican es siempre diferente y del otro que no se trata de las características más o menos fenotipicas o folclóricas, se trata de la forma de organización étnica. Será ésta la que influirá sobre la cultura y no a la inversa. Es decir, «el aspecto» del grupo no nos dice nada de su cultura y más bien, sirve como excusa para no conocer la forma particular de organización que adopta un grupo concreto enver el mismo grupo y enver los otros. En otras palabras, este error sería el fundamento de toda la retórica racista o culturalista – es decir, la versión blanda del racismo.

El siguiente error epistemológico es el de la supuesta determinación ecológica sobre el comportamiento de los grupos étnicos. Si bien es cierto que se una variable a tener en cuenta, Barth pide que no se confundan con los componentes sociales y culturales que comportan un nivel de variabilidad más complejo y amplio.

Al aproximarse a los grupos étnicos como tipos de organización , Barth destaca que la característica de auto adscripción es muy pertinente dado que son los miembros del grupos los que toman en consideración unas diferencias y no otras. Curiosamente, algunas características culturales son utilizadas como señales o emblemas de diferencia, otras pasan por alto y otras diferencias que se pueden considerar radicales, son directamente ignoradas y negadas.

Para ello cabe atender a los los contenidos culturales. Estos pueden ser de dos tipos: primero, señales manifiestas exhibidas por los individuos (vestido, lengua, modo de vida…) y segundo, las orientaciones de valores básicos, normas y moralidad. De este modo los individuos se adscriben a un grupo subscribiendo estas cuestionas pero no de manera uniforme ni sistemática ni tan siquiera practicada. Barth enfatiza esta cuestión y es la naturaleza de la continuidad del grupo la que tiene que ver con los límites de éste. Pueden cambiar los contenidos, la forma de organizarse pero no los límites, la dicotomía entre nativos y extranjeros es la que persiste.

En este sentido la persistencia del grupo tiene que ver antes que nada con su conservación, expresión y ratificación continúas. En este mismo sentido, se tiene que tener presente que la dicotomía que convierte a los otros en extraños y en miembros de otro grupo étnico implica dificultades para llegar a un entendimiento recíproco, diferencias de criterio para emitir juicios de valor y de conducta y por lo tanto una restricción de la interacción a sectores que presuponen común acuerdo. Este sería un ejercicio de establecimiento y mantenimiento de fronteras y de límites y al mismo tiempo una función de la frontera; reducir los interlocutores con los que tengo que entenderme a los que «juegan a mi juego». O en palabras de Pierre Bourdieu, para discutir, hace falta primero ponerse de acuerdo sobre en què se está en desacuerdo.

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