La incivilidad de la sociedad a través de la personalidad

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Continuamos con el Declive del hombre público. Este es uno de los libros más complicados – ni el más complicado ni el único- de Richard Sennett y al mismo tiempo una de las obras fundamentales para entender la construcción de la identidad personal y colectiva en nuestra sociedad contemporánea. Concretamente hablaremos de  “El fin de la cultura pública”. en El declive del hombre público (pp. 567– 586). Barcelona: Anagrama.

«El mito de la actualidad es que los males de la sociedad se pueden comprender hoy como males de la impersonalitat, la alienación y la frialdad». Estos tres vectores expresan pues el principio según el cual, a más proximidad más verdad, la ideología de la intimidad deforma categorías eminentemente políticas en categorías psicológicas. Sennett nos propone acercarnos a las virtudes públicosocials de la impersonalitat

El presupuesto inicial es que esta ideología según la cual la proximidad entre personas es un bien moral es el producto de la dislocación que hemos comentado en el capítulo La personalidad en público: la dislocación que provocaron el capitalismo y la creencia secular. Este descalabro comportó que se buscara significados personales en situaciones impersonales. Y es que, cuando el mundo fue comprendido a termas hegemònicament psicológicos aconteció igualmente mistificat. Esta fue la causa del retorno a la seguridad del hogar para encontrar allá un principio de orden en la percepción de la personalidad.

Llegados a este punto, la busca oculta de «seguridad, descanso y permanencia» está en el centro de nuestras relaciones. Cuando estas no pueden asumir esta responsabilidad, determinamos que hay algo equivocada en esta relación. Dado esto, esta proximidad cargada de expectativas y exigencias de estabilidad, hace que la ya complicada comunicación emocional, sea todavía más complicada.

La crisis de la cultura pública acaecida en el siglo pasado nos enseñó a pensar en las dificultadas, las represiones y la severidad que constituyen la esencía de la condición humana en sociedad como irresistibles. Podemos aproximamos a ellas por medio de una especie de observación pasiva y silenciosa, pero el hecho de desafiarlas o incluso de volverse cogidos mediante ellas es considerado como una realización a expensas de nuestro propio desarrollo (p.568).

En estos términos «el desarrollo de la personalidad es el desarrollo de la personalidad de un refugiado». Rechazamos la agresión – una manifestación fundamental del vínculo social según Simmel1-, nos enrocamos en «el interior», en el hogar y es aquí – y no en la exposición- donde se forjará y modelará la personalidad, en el espacio de «confianza, calor y confort». Tal como se comentó en el análisis anterior, se va produciendo paulatinament un enorme temor a la vida pública que ha comportado un sentido debilitado de la voluntad humana.

Esto de un lado mientras que del otro, el mito de la impersonalitat como un mal social se desvanece a la luz del análisis de Sennett. En respuesta al temor al vacío, la gente concibe la política como un dominio en el cual la personalidad tiene que ser expuesta de manera rotunda y vigorosa. En este marco, se transforma el público en meros espectadores «pasivos de un personaje político que los ofrece, sus sentimientos, sus sentimientos, más que sus actos, para que ellos los consuman» (p.570-571). Dice Sennett que

                                     «cuando más considere la gente al dominio político como la oportunidad para revelarse entre si compartiendo una personalidad común y colectiva más se aparta de emplear su fraternidad para cambiar las condiciones sociales. Mantener la comunidad acontece un fin en si mismo. La purga – o purificación- de aquellos que no son miembros verdaderos, acontece la tarea cotidiana de la comunidad. Del deseo, supuestamente humanitario de borrar la impersonalidad de las relacionas sociales, resulta un motivo fundamental para negarse a negociar, para la purga continua de los elementos foráneos. Y en la misma medida este mito de la impersonalidad es autodestructivo. La pretensión de intereses comunes es destruida en la busca de una identidad común» (p.571)

La ausencia de vida pública provoca estos ideales supuestamente humanos. «Así como la cultura pública del siglo XX estaba vinculada a la de la Ilustración, la ausencia actual de creencia en aquello público está vinculada a su confusión en el siglo XIX». En estos momentos y contexto la noción de personalidad en público era una contradicción tan importante que finalmente se destruyó el término público. Por ejemplo, a aquellos más extrovertidos, los que eran capaces de mostrar activamente su personalidad y las emociones en público – artistas o políticos- eran considerados capaces de controlar al público – y era lo que tenían que hacer- antes de que interactuar con él. De este modo el público fue perdiendo el sentido de agente activo en la comunicación y fue progresivamente deviniendo pasivo, más espectador que testigo. El público pues fue vaciándose de gente que se quería expresar en él.

Otro consecuencia del fin de la vida pública es la negación que se ha producido de la misma. En vez de reflexionar qué trajo a los victorianos al homoclausus, simplemente se combate contra la represión que lo produjo sin pensar qué lo causó. Se desarrollan pues toda una serie de mecanismos «de liberación» de esta represión intensificando los términos de la personalidad, «siendo más auténticos, abiertos y honestos, en nuestras relaciones con los otros» (p. 572). Esta buscqueda de libertad comporta evidentemente ansiedad, muy parecida a la que sufrían los victorianos a la hora de intentar crear un orden emocional reprimiendo sus expresiones públicas. Por mucho que la segunda mitad del siglo pasado haya provocado un aumento de los medios para comunicarnos y expresarnos, el público ha acontecido más y más pasivo, ha pasado de ser actor a espectador.

Si los vitctorianos luchaban contra la idea de un yo ilimitado, el descontento era provocado por la confusión del público y el privado. Actualmente negamos simplemente los límites sobre el yo. Pero negar no significar eliminarlos. De hecho los problemas acontecen más ingobernables porque ya no se los confronta. De forma que el fin de la creencia en la vida pública no representa una ruptura con la cultura burguesa del XIX sino una escalada en los términos de la sociedad íntima.

Sennett define la estructura de esta sociedad íntima a partir de dos cuestiones. La primera es que el narcisismo se moviliza en las relaciones sociales y la experiencia de desvelar el s sentimientos propios acontece destructiva. Esto sucede porque la movilización del narcisismo comporta suspender el interés grupal, «el interés grupal yoico». Este yo grupal consiste en un «sentido de aquello que la gente necesita, quiere o exige independientemente de sus impresiones emocionales inmediatas»

Él se refiere a los “interesos grupales yoicos”; estos tienen que ver con aquello que la gente necesita independientemente de las impresiones emocionales inmediatas. El proceso que está describiendo durante todo el libro es precisamente este recular hacia el narcisismo (la gratificación inmediata y la sensación de establecer vínculos en base a las revelaciones íntimas y recíprocas) que destruye la pertenencia grupal más allá de compartir una personalidad colectiva. La comunidad dejar de ser un espacio de personas vinculadas por las cosas que hacen (panadero, zapatero, político, banquero…) a ser una fantasía de comunidad vinculada por un sentimiento inmediato -y por lo tanto efímero, inestable- de ser iguales, de querer las mismas cosas, de poder lo mismo.

La comunidad queda ligada entre sí por vínculos de localismo y de motivación de forma que esta se imagina progresivamente más restringida. Las prácticas colectivas concertadas se llevan a cabo porque sí o en cualquier caso como medio para conseguir algo. Se contempla de manera instrumental y de este modo se opone a una experiencia «holítisca o integradora» es decir, cuando se sienten comprometidas (p. 576) tienen experiencias antagónicas con las de supervivencia, lucha y la obligación en un mundo de libertad. Se está pues entregando una batalla entre las relaciones afectivas y las instrumentales que se puede leer desde el prisma del narcisismo y la comunidad destructiva. A continuación Sennett desgrana esta batalla entre psique y sociedad.

Es en estos términos que Sennett plantea la noción de sociedad incivil porque no se permite el juego y la distancia entre la personalidad íntima y la que está en público. La civilidad es «la actividad que protege a la gente entre si, y en cambio, los permite disfrutar de la compañía de los otros. Traer una máscara constituye la esencia de la civilidad» (p. 578). La civilidad implica no imponer a los otros que carguen con nosotros. civilidad «significa tratar al otros cómo si fueran extraños y forjar un vínculo social sobre esta distancia social» y aquí, la ciudad es el lugar primordial por este contacto entre extraños. Fijaros, para Blasie Pascal “Respeto quiere decir ‘sentíos incómodos'”

La incivilitat es todo el contrario. «Significa cargar a los otros con un mismo, es la disminución en la socialitat con los otros el que crea esta carga de personalidad»; el ejemplo que pone Sennett es el del amigo que nos vuelca –por no decir, vomita– todos los detalles de sus traumas íntimos al mismo tiempo que no muestran ningún interés en los demès. La estructura de esta incivilitat se puede observar en la relación entre el dirigente político y sus votantes. La incivilitat es que la sociedad haga creer que el líder tiene validez, es creíble, porque puede dramatizar sus motivaciones, por ejemplo la irascibilitat como motivación para cambiar las cosas de mal grado que se pueda hacer alguna consideración o valoración de sus actos más allá del que explica su personalidad. Por lo tanto, lo único que se puede valorar es su personalidad y no qué hace o deja de hacer.

El siguiente ejemplo que utiliza es el de la perversión de la fraternidad en la experiencia comunal moderna. Al estrechar el círculo de la comunidad formada por la personalidad colectiva más destructivo se vuelve la experiencia del sentimiento fraterno. Todo son amenazas, todo los otros se tienen que evitar y los límites de la comunidad se establecen exclusivamente decidiendo quién puede y quien no puede pertenecer a la comunidad. Se abandona así la creencia en la solidaridad de clase en favor de imágenes colectivas basadas en disparos étnicos, de barrio o de región «La fraternidad se ha transformado en empatía por un grupo selecto de gente aliada con el rechazo de aquellos que no se encuentran dentro del círculo local» (p.581). Cuando más íntimo menos sociable. Esta fraternidad está basada en una fragmentación y división interna.

El individuo ha perdido la capacidad de jugar y actuar en una sociedad que no le permite un espacio impersonal donde ejercerla Toda la historia de la cultura pública del siglo XIX, se refiere a la gente que iba perdiendo la confianza en sus poder expresivo, elevando por eso mismo al artista – o el político- a una categoría especial porque podía realizar aquello que la gente no podía conseguir en su vida cotidiana. El artista expresaba libremente, claro y directo en público, sentimientos creíbles.

El juego y el teatro requieren creer en las convenciones de la conducta. Estas convenciones constituyen normas que mantienen a distancia los deseos inmediatos del yo. Esto se hacía mediante los rituales religiosos pero también con la emisión de signos entre la gente con propósitos de inmediata sociabilidad. La intrusión de problemas de personalidad dentro de las relaciones personales ha dificultado la práctica de esta distancia mediante el yo. De este modo se inició la duda sobre si aquello que mostrábamos era verdaderamente aquello qué éramos. Empezaba a desaparecer la distancia de un mismo y por lo tanto, la capacidad de «tener cintura», de jugar, de ser flexibles, de no tomarse dramáticamente nuestra vida pública como reflejo incuestionable de nuestro yo. Y perder esta capacidad es perder igualmente de vista que las condiciones terrenales son plásticas, dúctiles. Se pierde pues la capacidad de ser expresivo en el momento que uno intenta que sus apariencias sean representen aquello que somos. En estas condiciones se devuelve a la pregunta fundamental: «es esto lo que realmente siento?, verdaderamente quiero significar esto?, soy auténtico?

Hasta aquí, la propuesta de Sennett para hacernos entender como la sociedad anima una conducta incivilitzada, es decir, de espaldas y contra aquello público, aquello común o compartido, mientras desanima el sentido de actuación pública en el individuo.

 

1Simmel, G. (1988 [1908]) «La lucha», en Sociología I ,Barcelona, Ediciones 62, pp. 241-317

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