Fusiles llevan las mujeres

Barcelona | 22 de julio de 1936 | Milicias parten al frente de Aragón | Foto Ringart

Barcelona | 22 de julio de 1936 | Milicias parten al frente de Aragón | Foto Ringart

Todo, ahora, se halla inundado, invadido, absorbido por una densa y agitada masa humana, todo se encuentra ahora sacudido, vertido al exterior, llevado hasta el punto máximo de tensión y efervescencia. Contagiado cada vez más por esta emoción decantada en el aire, percibiendo los fuertes latidos de mi propio corazón, avanzando con dificultad entre la compacta muchedumbre, entre jóvenes con fusiles, mujeres con flores en los cabellos y sables desenvainados en las manos, viejos con cintas revolucionarias cruzadas en el pecho, entre retratos de Bakunin, de Lenin y de Jaurés, entre canciones, orquestas y gritos de los vendedores de periódicos, pasando junto a una reyerta con tiroteo a la entrada de un cine, junto a mítines en plena calle y un solemne desfile de la milicia obrera, junto a las ruinas carbonizadas de las iglesias, ante chillones carteles en la mezclada luz de los anuncios luminosos, de la enorme luna y de los faros de automóvil, tropezando a veces con el público de los cafés, cuyas mesitas, después de haber ocupado toda la anchura de la acera, salen hasta los adoquines, he llegado, por fin, al hotel Oriente, en la Rambla de las Flores.

Salgo en coche del Prat, donde se halla el aeródromo, a diez kilómetros de Barcelona. A la salida del Prat, sobre la carretera, una enorme tela con la inscripción: Visca Sandino! (en catalárn: ¡Viva Sandino!). En la carretera. cada vez son más frecuentes las barricadas, levantadas con pacas de algodón, piedras y sacos terreros. En las barricadas, banderas rojas y rojinegras; a su alrededor, hombres armados que se cubren la cabeza con grandes sombreros de paja terminados en punta, con boinas, con pañuelos, y que van vestidos cada uno a su modo o están medio desnudos. Unos se acercan al chófer y piden la documentación, otros se limitan a saludar y a agitar los fusiles. En algunas barricadas, comen -las mujeres han traído la comida, han colocado los platos sobre piedras; los pequeñuelos, entre cucharada y cucharada de sopa, se suben a las troneras, juegan con cartuchos y con bayonetas.

Cuando estamos más cerca de la ciudad, al alcanzar las primeras calles de los suburbios, entramos en el torrente de la abrasadora lava humana, en la inaudita efervescencia de la enorme ciudad que vive días de arrebatado entusiasmo, de felicidad y de exaltación.
¿Ha habido nunca una Barcelona igual, tan llena de frenesí, como la que está festejando ahora su victoria? Barcelona es la Nueva york española, la ciudad más hermosa y engalanada del Mediterráneo, con deslumbrantes bulevares de palmeras, gigantescas avenidas y paseos de mar, con villas,fantásticas, que rememoran el lujo de los palacios bizantinos y turcos en el Bósforo. Interminables barrios fabriles, enormes naves de los astilleros, de los talleres mecánicos, de fundición, eléctricos, de la construcción de automóviles; fábricas textiles, de calzado, de confección; imprentas, depósitos de tranvias, garages gigantescos. rascacielos de bancos, teatros, cabarets, parques de recreo. Negros tugurios espantosos, donde anida el hampa, siniestro << barrio chino >> -estrechas hendeduras entre pared y pared, en el centro mismo de la ciudad, más sucias y peligrosas que las cloacas portuarias de Marsella y Estambul. Todo, ahora, se halla inundado, invadido, absorbido por una densa y agitada masa humana, todo se encuentra ahora sacudido, vertido al exterior, llevado hasta el punto máximo de tensión y efervescencia. Contagiado cada vez más por esta emoción decantada en el aire, percibiendo los fuertes latidos de mi propio corazón, avanzando con dificultad entre la compacta muchedumbre, entre jóvenes con fusiles, mujeres con flores en los cabellos y sables desenvainados en las manos, viejos con cintas revolucionarias cruzadas en el pecho, entre retratos de Bakunin, de Lenin y de Jaurés, entre canciones, orquestas y gritos de los vendedores de periódicos, pasando junto a una reyerta con tiroteo a la entrada de un cine, junto a mítines en plena calle y un solemne desfile de la milicia obrera, junto a las ruinas carbonizadas de las iglesias, ante chillones carteles en la mezclada luz de los anuncios luminosos, de la enorme luna y de los faros de automóvil, tropezando a veces con el público de los cafés, cuyas mesitas, después de haber ocupado toda la anchura de la acera, salen hasta los adoquines, he llegado, por fin, al hotel Oriente, en la Rambla de las Flores.

En el vestíbulo, al lado del portero con levita de galones dorados, monta la guardia un destacamento armado. Es la guardia del sindicato que ha requisado el hotel. De todos modos, no controla a nadie, se limita a saludar a todo el mundo con el puño en alto. Hay muchas habitaciones vacías; el portero ha explicado que los extranjeros y los que estaban de viaje en Barcelona, en su mayoría abandonan la ciudad. La cena ha sido servida con el ceremonial de los hoteles lujosos, pero en torno a una mesa vecina alborotaban, sin sentirse cohibidos en lo más mínimo, un grupo de jóvenes obreros. Una numerosa familia inglesa: el papá, con pechera almidonada, la mamá con un collar de brillantes, y tres hijas, las tres con iguales mandíbulas salientes, observaban con mudo horror cómo los jóvenes se arrojaban bolitas de pan. Un francés enorme, operador cinematográfico, se estaba emborrachando a toda prisa, el rostro encarnado se le había vuelto azulino. En un ángulo, erguido tras una mesita, se hallaba sentado un viejecito solitario que se sonreía con vaga sonrisa cortés. Ha pedido una botella de Vichy catalán para acompañar la cena y se ha quedado contemplando cómo desde la superficie del agua vuelan al aire burbujitas de gas. Terminada la cena, se me ha acercado con la misma vaga sonrisa y ha inclinado su blanca cabeza cuidadosamente peinada con raya en medio.

                    —Julio Jiménez Orgue. Y en ruso, Vladímir Konstantínovich Glinoiedski. Aún no había tenido el honor de presentarme a usted.
El balcón del cuarto da a las Ramblas. Esto es lo mismo que vivir en la calle. Después de escribir unas notas, me acuesto, apago la luz. En el amplio marco de las enormes puertas abiertas, esperando el aire fresco de la madrugada, se va fundiendo, fosforescente, el elemento revolucionario humano. La muchedumbre no se marcha, permanece en la calle días enteros escuchando los altavoces y discutiendo. De vez en cuando, cantan a coro acompañados de acordeón o disparan. A las tres de la madrugada aún pasa un desfile con orquesta, pero no hay fuerzas ya para levantarse, ni siquiera para mover una mano o un pie.

Por las calles fluye sin cesar un espeso torrente de automóviles. Es una colección de todas las marcas; en su mayor parte son nuevos, caros, lujosos. Todos llevan pintadas con pintura blanca al aceite, enormes letras torcidas en la carrocería y encima del motor: son los nombres de distintas organizaciones y partidos o, sencülamente, consignas. La pintura es espesa, fuerte, imborrable; el expropietario de un coche cubierto de esta escritura, no puede volver a utilizarlo como propio sin repintarlo por entero. Los coches tienen los cristales rotos y agujereados por las balas, se sale el agua de los radiadores, están arrancados los estribos; algunos van adornados con flores, collares, cintas y muñecas. En los coches viaja todo el mundo, lo transportan todo; los coches se acumulan en los cruces de las calles, en las plazas, chocan entre sí, pasan por la mano izquierda; es la alocada fiesta de los automóviles que se han escapado en libertad.

Todos los grandes edificios han sido ocupados, requisados, por las organizaciones de partidos y por los sindicatos. Los anarquistas han tomado el hotel Ritz. Otro hotel enorme, el Colón, ha sido ocupado por el Partido Socialista Unificado. Los diez pisos del Colón son como el arca de Noé de los comités, del Buró, de los puntos de reunión, de las comisiones y delegaciones. El hotel recuerda en gran manera el Comisariado de la Guerra que en 1919 hubo en Ucrania. Llevan por las escaleras paquetes de periódicos, haces de armas, personas detenidas, cestos de uvas, botellas con aceite de oliva. Entre la gente adulta, juegan al escondite los niños; allí los dejan durante el día los padres que prestan servicio de guardia en la milicia. Aquí trabajan y duermen. Además de catalanes y españoles, hay muchos rostros y voces extranjeros. Un alemán pone orden en un depósito de armas; unas americanas han organizado un servicio sanitario; unos húngaros se han dedicado enseguida a su ocupación predilecta: han montado un servicio de prensa, tiran a multicopista un boletín de información en cinco idiomas; los italianos se mezclan con la muchedumbre española, pero se sienten como personas de mayor experiencia.
Unos obreros conducen al hotel Colón a unos fascistas capturados. Se explica a esos obreros que las detenciones son cosa de la poücía republicana. Pero los obreros no entienden esas explicaciones y se van dejando allí a los prisioneros, con los papeles, el oro, los brillantes y las pistolas que les han encontrado. La « Seguridad » (Dirección de Seguridad) no se da prisa en hacerse cargo de los detenidos, y los comités de todos los partidos han formado pequeños grupos de policía y cárceles improvisadas.
En el segundo piso del Colón se encuentra la sección militar. Aquí se constituyen los destacamentos obreros para la toma de Zaragoza. Se alista mucha juventud, pero también hay hombres de edad madura. Han sido enviados ya cinco mil individuos. No hay bastantes fusiles, pero en la ciudad se ven por todas partes. En los bulevares, todos se  pasean con fusiles. Con fusiles se sientan a las mesas del café. Fusiles llevan las mujeres. Comen, duermen, van al cine sin dejar las armas, pese a que existe un decreto especial del gobierno por el que se ordena dejar los fusiles en el guardarropa contra el correspondiente número. Los obreros se ven con las armas en la mano y no será fácil que las devuelvan.

Por las calles pasan cortejos fúnebres. Los cadáveres son traídos del frente o son enterrados al pie de las ruinas de las casas en que se ha combatido. A los caídos no los llevan horizontalmente en sus ataúdes, sino en sentido vertical, de modo que los muertos, como si estuvieran de pie, exhortan a los vivos a proseguir la lucha. Tras los cortejos fúnebres, llevan mantas y sábanas extendidas: el público arroja en ellas generosamente monedas de plata y cobre para ayuda de las familias de los muertos.
Sin embargo, pese a las armas, a los choques y a los tiroteos desordenados que a todas horas se producen, no hay irritación en la ciudad. La atmósfera es, más bien, de excitada alegría, de febril entusiasmo. Aún persiste el triunfo, tan inesperado y tan merecido, de los combates callejeros del pueblo contra la soldadesca reaccionaria. La locura de los valientes, la audacia de la juventud obrera, que se ha lanzado con navajas de bolsillo contra los cañones y las ametralladoras y ha vencido, el orgullo por su sangre vertida, llenan de entusiasmo y seguridad a la enorme ciudad proletaria. Todos se inclinan ante el hombre que viste mono, que lleva un fusil; todos le halagan. En el café y en las tabernas, se niegan a cobrarle. Los mejores artistas cantan para él en los bulevares, los toreros le abrazan en los cruces de las calles; las elegantes estrellas de cabaret y cine le provocan con sus famosas piernas, sin regatear los tacones de colorines al bailar sobre el pavimento asfaltado, y se ríen con argentina risa en respuesta a las picantes agudezas de los cargadores del puerto.
A las dos he estado comiendo con el coronel Sandino en su pabellón del Prat. Reina mucha animación en la mesa, se habla en español y en francés. Sandino dice que por ahora todo marcha magníficamente. Hoy los republicanos han tomado la isla de Ibiza. Ahora Mallorca queda presionada por dos partes, desde Ibiza y desde Menorca. Los valencianos han organizado por su cuenta y con su gente una expedición para ocupar Mallorca. En la isla se mantienen poco más o menos, un millar de sediciosos. En las inmediaciones de Zaragoza, los republicanos esperan refuerzos. No bien lleguen los destacamentos de Barcelona, será posible lanzarse al asalto de la ciudad. Con esto quedará liquidado el frente de Aragón. Aunque es un error llamarlo frente. Por ahora no hay aquí, en España, frentes continuos de ninguna clase. Hay ciudades aisladas en las que se mantienen o bien el poder gubernamental y los comités del Frente Popular, O..los oficiales sublevados. Entre ellas no existe una línea continua de frente. Hasta la comunicación telefónica y telegráfica funciona en algún que otro lugar por inercia: ciudades sublevadas hablan con ciudades leales al gobierno.

No ha sido posible conversar con detenimiento; constantemente interrumpían, se brindaba y se discutía. No obstante, he preguntado a Sandino si hay mando único y a quién están subordinadas todas las fuerzas armadas. Me ha respondido que hay ya mando único, que en Cataluña todas las fuerzas armadas están subordinadas a él, Sandino, y que en lo tocante a las cuestiones generales él se pone de acuerdo con Madrid.

Koltsov, M. (1963). Diario de la guerra de España (p. 5-9). Paris: Ruedo ibérico.

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2 respostes a Fusiles llevan las mujeres

  1. fernando ha dit:

    Resido en Valencia D.Juan .León Hubo un C.Concentración en 1937 hasta el verano de 1939 .Estoy recopilando datos sobre este campo y otro que hubo en c/Santa Ana de León capital. Si alguna persona estuvo en estos lugares preso , me gustaría que me comunicará el dato . Si hay fotos , diarios , nombres , cartas, postales de esos años .
    Mi nombre Fernando González .teléfono 987.752229.
    Gracias .

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