“Desde que te amo, no hay nada que no te tuviera como meta”

Esta dedicatoria tan hermosa le dirigió Helend Grund a su amado Henri-Pierre Roché, ambos alter ego de Jules et Jim, el film eterno de François Truffaut… Según confirmó recientemente Stéphane Hessel, muerto ayer a los 95 años, estos dos personajes en los que se inspiró Truffaut, eran sus padres.

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Leyenda y verdad de Jules y Jim

PEDRO G. CUARTANGO 28/02/13

Un día de otoño de 1975 fue invitado por una amiga a pasar un fin de semana en una casa junto al río Oise, a pocos kilómetros de París. Había una vieja sirvienta, un invernadero y una barca carcomida junto al río. En un rincón del salón, me llamó la atención un dibujo a carboncillo en el que aparecían dos hombres jóvenes: uno era el escritor Henri-Pierre Roché y otro el abuelo de mi amiga, un rico coleccionista de arte.
Aquella noche, con los leños ardiendo mientras azotaba la lluvia, Françoise me contó la tormentosa historia de Roché, que había frecuentado aquel lugar y se había inspirado en él para algunos pasajes de su  novela Jules et Jim, publicada en 1953. La obra sirvió para escribir el guión de la legendaria película de Truffaut, realizada ocho años después.

He aquí la historia que me relató Françoise: Roché era un joven amigo de Man Ray, Satie, Klee y Duchamp que frecuentaba los círculos literarios de París. Muy aficionado a las mujeres y al arte, se veía a sí mismo como una reencarnación de Stendhal. Roché conoció en 1906 a Franz Hessel, un escritor germano-judío que había traducido a Proust al alemán. Era amigo íntimo de Walter Benjamin y se carteaba con Musil y Ernst Bloch. Fue una especie de flechazo intelectual entre los dos, que pasaron a compartirlo todo, incluyendo las mujeres.

Roché escribió en su diario en 1908: «Franz y yo tenemos el mismo gusto por las mujeres, pero deseamos cosas diferentes. Pero no hay rivalidad entre nosotros». Hessel se enamoró de una joven judía llamada Helen Grund y se casó con ella. Helen vagaba por las calles de Berlín hasta que decidió emigrar a París en 1912. Deambulaba por los cafés de Montparnasse, donde conoció a Hessel. Pero a los pocos meses, el matrimonio se rompió porque Helen se enamoró perdidamente de Roché, con el que se fue a vivir de forma intermitente. El triángulo amoroso se mantuvo durante 14 años y provocó el distanciamiento entre los dos amigos.

Para escribir el guión del filme, Truffaut tuvo acceso a esos diarios y las notas personales de Roché, que le contó la historia. El director francés, que se identificó con el escritor, quiso hacer una película sobre la amistad, el sentimiento de culpa y la muerte, tres asuntos que le eran muy familiares. El poder de la ficción François Truffaut contrató a Henri Serre para representar al francés Jim por su parecido físico, a Oskar Werner para el papel de Jules, el alemán tímido y romántico, y a Jeanne Moureau para el rol de la apasionada Catherine, tres personajes que apenas ocultan al propio Roché, a Franz Hessel y a su esposa.

El film de Truffaut acaba con el trágico suicidio de Catherine, pero eso no sucedió en la realidad. Helend Grund falleció de avanzada edad tras sobrevivir a su marido Franz, que pasó a mejor vida en 1941. Ambos tuvieron un hijo en Berlin en octubre de 1917 al que llamaron Stéphane, que murió ayer a los 95 años y que alcanzó una inesperada popularidad al final de su larga existencia.
Stéphane siempre mantuvo una relación de amor-odio con su madre,de la que era profundamente dependiente, al igual que Henri- Pierre Roché, que sufría pesadillas por los devaneos amorosos de su progenitora.
Casi 40 años después de que yo conociera esta historia, la simetría entre la realidad y la ficción se agranda. Ya no sé si los actores de la película son en realidad Roché y Hessel o si Jules y Jim fueron una fantasía de Truffaut, niño abandonado por sus padres y  criado en un reformatorio.

La muerte de Stéphane Hessel, que reconoció hace unos años que la película estaba basada en la relación de sus padres y Roché, cierra el círculo que comienza en las calles de Montparnasse hace más de un siglo.
Tal vez en aquella casa solitaria, Roché empezó a enamorarse de Helen Grund y soñó con que  algún día se convertirían en amantes. Quizás allí, en el invernadero, leyó la carta de la esposa del alter ego que  culminaba sus anhelos: «Desde que te amo, no hay nada que no te tuviera como meta», escribió ella. O tal vez pasearon juntos en aquella barca una tarde de verano por las apacibles aguas del Oise. Creo que en la vieja mansión del abuelo de Françoise se empezaron a tejer los trágicos hilos de un destino que se plasma al final de la película de Truffaut cuando los restos de Catherine son incinerados y arden bajo el fuego abrasador de una pasión que les ha consumido a los tres. Nos queda la casa del río, la novela de Roché  y la película que tanto éxito tuvo y   que me dicen que ha envejecido. Me niego a volver a ver la obra de Truffaut porque no hay nada mejor que los sueños que uno se forja en su mente, siempre a salvo del demoledor paso del tiempo.
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