“Es deber del furor dar cuenta de la calma y del orden”

“Este tipo de discurso toma espesor e introduce una laceración en el discurso de la verdad y de la ley el cual había sido proferido por milenios (…) Además invierte los valores, los equilibrios, las polaridades tradicio­nales de la inteligibilidad y postula, exige una explicación desde lo bajo. Pero lo que es bajo, en esta explicación, no coincide necesariamente conlo que es más claro y más simple. Al revés: comporta dar una explicación a través de lo más confuso, más oscuro, más desordenado, mayormente ligado con el caso. Lo que debe valer como principio de desciframiento de la sociedad y de su orden visible es la confusión de la violencia, de las pasiones, de los odios, de las cóleras, de los rencores, de las amarguras; laoscuridad de los casos, de las contingencias, de las circunstancias que generan las derrotas y aseguran las victorias. Lo que en el fondo este dis­curso pide al dios elíptico de las batallas es que aclare las largas jornadas del orden, del trabajo, de la paz, de la justicia. Es deber del furor dar cuenta de la calma y del orden.

¿Qué es entonces lo que es puesto en el origen de la historia? En pri­mer lugar una serie de hechos brutos (hechos que podrían ser definidos, si se quiere, como físico-biológicos: vigor, fuerza, energía; proliferación de una raza, debilidad de otra) y una serie de casos, de contingencias (derro­tas, victorias, éxitos o fracasos de las revueltas, de las conjuras o de lasalianzas). Después hará valer un conjunto de elementos psicológicos y morales (coraje, miedo, desprecio, odio, olvido, etc.). Según este discurso, lo que constituya la trama permanente de la historia y de las sociedades será un trenzado de cuerpos, de pasiones y de casos. Y sólo por encima de esta trama de cuerpos, de casos, de pasiones, por encima de esta masa, de este enredo, de este hormiguero oscuro y tal vez sangriento, se constituirá algo frágil y superficial, una racionalidad progresiva: la de los cálculos, de las estrategias, de las astucias; de los procedimientos técnicos para conservar la victoria, para acallar -al menos en apariencia- la guerra, para mantener o derribar las relaciones de fuerza. Se trata entonces de una racionalidad que, a medida que surge y se desarrolla, se hace abstrac­ta, cada vez más ligada con la fragilidad y con la ilusión, con la astucia y con la malicia de aquellos que, habiendo obtenido provisoriamente la vic­toria -y en tanto favorecidos en la relación de dominación- tienen todo el interés de no volver a ponerla en juego.”

Michel Foucault, Genealogía del racismo

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