Richard Sennett: entrevistador i etnògraf

Pero es una lección muy severa, de un tremendo rigor; en verdad es una conducta forzada, antinatural. En la vida cotidiana nos confundimos constantemente con los demás. En calidad de entrevistador, lo mismo que en el amor, las relaciones parentales y el trabajo, el contacto elemental con los otros lo hacemos por medio de la proyección. […]

“En Harvard, a Riesman le preocupaba que me quedara dando vueltas alrededor de mis problemas personales. Para sa­carme de mi caldo emocional, tanto Riesman como Erikson sugirieron que aprendiera a realizar entrevistas.

La realización de entrevistas en profundidad es una habili­dad peculiar y a menudo frustrante. A diferencia del encuesta­dor, que hace preguntas, el entrevistador en profundidad desea explorar las respuestas que la gente da. Para explorar, el entre­vistador no puede ser impersonal como una roca; por el contra­rio, debe dar algo de sí mismo a fin de merecer una respuesta abierta. Sin embargo, la conversación se decanta en un solo sentido; no se trata de hablar como hablan los amigos. Con harta frecuencia el entrevistador descubre que ha ofendido a los sujetos, que ha traspasado una línea que sólo los amigos o las relaciones íntimas pueden cruzar. La habilidad consiste en cali­brar las distancias sociales de tal modo que el sujeto no se sien­ta como un insecto bajo el microscopio.

Erikson desconfiaba de la formalización de esta habilidad; cuando vi películas de su trabajo con niños pequeños compren­dí por qué. Parecía gozar de jugar con ellos, mientras al mismo tiempo observaba con todo cuidado cada uno de sus movi­mientos: versión clínica de lo que los músicos llaman escuchar con el «tercer oído». En música, esta experiencia es difícil, pero simple; un chelista corrige el sonido a medida que lo produce, por ejemplo, modulando la presión del arco apenas comienza a oírse el sonido. En la entrevista, el «tercer oído», que requiere que el entrevistador se encuentre al mismo tiempo dentro y fuera de la relación, es más desconcertante porque carece de medida física. Erikson parecía hacerlo instintivamente.

Sin embargo, en los años sesenta, otros científicos sociales tomaron conciencia de las técnicas de la entrevista. En esa dé­cada, una división perversa había establecido la distinción entre ciencias sociales «duras» y «blandas»; la gente que se ocupaba de números se separó de la que se ocupaba de valores, senti­mientos y comprensión subjetiva. Los hombres duros predomi­naron porque parecía que hablaban el lenguaje de los hechos. En cierta medida, los humanistas trataban de defenderse argu­mentando que gran parte de lo que sabemos de la vida social es resultado de la interacción con otras personas, que no hay «he­chos» al margen de nuestro compromiso.

En antropología, la visión humanista fue propuesta de ma­nera convincente por Clifford Geertz, quien forzó a sus colegas a que se cuestionaran su papel y su presencia en la recogida de información de otras culturas. Entre los sociólogos, esta opi­nión se propuso y se aplicó por primera vez a las entrevistas en los años treinta y cuarenta del siglo XX. El sociólogo polaco Florian Znaniecki había creado una escuela dedicada a reunir historias de vida; hacia la Segunda Guerra Mundial, había ex­celentes etnógrafos sociales en Suècia y en Dinamarca; en Esta­dos Unidos, antes de la guerra, en la Universidad de Chicago y luego en la de Berkeley, había profesores que pasaban mucho tiempo en las calles o frecuentaban los corredores de los hospi­tales psiquiátricos, plenamente sensibles a la influencia de su presencia en los relatos que interpretaban.

Cuando, en la década de los sesenta, se amplió la división entre el conocimiento social «duro» y el «blando», los sociólogos etnógrafos fueron más autorreferenciales; mientras que Erikson se inspiraba en su propia experiencia para entender a los otros, muchos de sus seguidores emplearon a los demás para entender­se a sí mismos. La cultura más extensa de los sesenta, tan emo­cional, reforzó el énfasis autorreferencial.

También Riesman, y no menos que Erikson, fue un entre­vistador instintivo. Podía estropear cualquier reunión social trans­formándola en un grupo de discusión; daba monedas a los men­digos de la calle a cambio de sus historias recientes o no tan recientes; a menudo olvidaba corregir los trabajos de los estu­diantes por interrogarlos acerca de, por ejemplo, el significado de ser hijo mayor de un sacerdote metodista de Kansas. Pero La muchedumbre solitaria no es un libro «dirigido hacia dentro», para emplear su propia y principal terminología. Aunque es cons­ciente de sí mismo, Riesman desaparece en su libro.

Se supone que un entrevistador, antes que esperar oír ecos de sus propia vida, utiliza sus experiencia para comprender a los otros. Más en general, el sentido común nos dice que cuando se trata a los otros como espejos de uno mismo, no se les reconoce la realidad propia de sus existencia personal; es necesario respetar el hecho elemental de que son distintos. Ésta parece ser la lección: si los respetas, no te proyectes en ellos.

Pero es una lección muy severa, de un tremendo rigor; en verdad es una conducta forzada, antinatural. En la vida cotidiana nos confundimos constantemente con los demás. En calidad de entrevistador, lo mismo que en el amor, las relaciones parentales y el trabajo, el contacto elemental con los otros lo hacemos por medio de la proyección. […]

Sennett (2003) El Respeto. Anagrama: BCN

I sobre el treball de l’etnógraf

“Dediquem hores a sentir com la gent, sola o en grups, se explica i explica els seus valors, les seves pors i esperances […] l’etnògraf atent presta atenció al que fa que la gent es contradigui, o també, al que porta a la gent a un carreró sense sortida en la seva capacitat de comprensió”,

Richard Sennet,  (2006)  La cultura del nuevo capitalismo. Anagrama, BCN

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Una resposta a Richard Sennett: entrevistador i etnògraf

  1. flor ha dit:

    gracias!

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