El carrer d’en Robador a la literatura (i III)

Barcelona de noche.

En estas calles, la noche nunca está sola y los faroles tienen siempre algo que mirar y los balcones que oír;

La ruta de los bisontes

La calle de Robadors es como un canalón de desagüe que enlaza la calle Hospital con la de San Pablo.

El derribo de algunos viejos inmuebles ha formado una especie de explanada o plazoleta libre donde  se instala, de vez en cuando, alguna caseta de feria o el tenderete de algún .vendedor ambulante de gangas.

A la calle Robadors sólo le faltan árboles a los lados para ser una alameda.

Las aceras nadie las usa por lo estrechas y los peatones van y vienen arracimados y todo ojos, deteniéndose y mirando al interior de los establecimientos. La calle tiene más bares que «saloon’s» un pueblo del Oeste en un «western». Y los bares están llenos de «girls». Se fuma, se habla y se bebe. Brillan las luces repetidas en los espejos, centellean los metales de las anaquelerías y si alguien canta es la voz desenlatada en la urna de un tocadiscos.

Las escaleras de esta calle poseen un inusitado movimiento: están mucho más concurridas que las de las oficinas públicas. Siempre quienes las usan las suben y las bajan de pareja.

La calle Robadors posee un poder evocador. Recuerda a aquella otra aparecida en el cine mudo de Charles Chaplin: «La calle de la paz» los hombres van y vienen incansablemente arriba y abajo de la estrecha y larga calzada que parece algo así como el mango de un cucharón. A veces, al observar a los curiosos paseantes, se espera que, de pronto, como en los celuloides cómicos y rancios todos empiecen a cobrar una inusitada rapidez, corriendo febrilmente con paso menudo y veloz, de un cabo al otro de la calle y vuelta a empezar.

Pero éste es un rebaño manso aunque de contenida, por obligada, afición a la bronca y el vocerío. Si no gritan y se comportan como párvulos es debido a la presencia de la pareja de guardias que van y vienen calmosos y destacan el gris del uniforme, la banda encarnada de la gorra de pialo y el negro cuero aceitoso de la porra que cuelga mansa pero prestando el mango al alcance de la mano.

Ésta no es una calle cualquiera, tiene su rango e historial, su peculiar fisonomía y, por su carácter, no es fácil que en ella se extraviará el personaje femenino y espiritual de «Lirio entre espinas» de Gregorio Martínez Sierra, ni que tampoco acuda a comprar horas aquel otro de Jacques Duval, porque esta calle no está en Nueva Orleans.

A ésta acuden los que se sienten atraídos por las sonrisas fáciles de las muchachas más fáciles; los que llegan de su pueblo, a trabajar a la ciudad y, como sea que ésta hace pendiente en dirección al mar, andando se desvían de las Ramblas y conducidos e influenciados a la zaga de chismes y habladurías recogidos, siguen hasta meterse por los laberintos de la pronta y equivocada hombría.

Por esta calle, lo mismo que por la de la Unión y Montserrat, los uniformes de los marinos norte-americanos son un anuncio de dólares y se les saluda dándoles la bienvenida en letras grandes en los espejos y las vidrieras: “Wellcome” y, las muchachas han aprendido a decirles, «guapo», «sí, sí» y «más parné», pero en inglés.

En estas calles, la noche nunca está sola y los faroles tienen siempre algo que mirar y los balcones que oír; desde la destemplada y arrastrada canción monologada del beodo hasta el grito maldiciente de una trolera que inicia la pelotera con su rufián. A veces, es la estrepitosa rotura de una puerta vidriera (pie salta en añicos a la calle, seguida de la expulsión violenta y en grupo de varios hombres enzarzados en su pelea. Los chillidos de las mujeres desgarran la noche. Lejos suenan los golpes de la contera del chuzo del vigilante que corre al lugar del alboroto. La luz del establecimiento arranca un destello a la hoja de un cuchillo. Lo mismo se da riña peligrosa entre embarcados portorriqueños en mangas de camisa con gemelos de oro en los puños y chaquetilla color crema con flores lilas que un hispano maldiciendo a otro en gallego florido.

Aquí estalla la rosa de saliva de la palabra grosera y la internacionalidad del insulto; en estas calles, el silbato del vigilante cobra más eficacia y gana más respeto que el de un arbitro en un campo de fútbol y el vocerío de la camorra tiene menos deportividad que en una competición de lucha libre.

Pero son ráfagas pasajeras, que hacen más blando y deseado el silencio que sigue.

La calle, envuelta en sombras, solo tiene ojos por las puertas de los bares iluminados.

La noche se adueña de todo otra vez y, en las casas que flanquean ambos lados de la calle, los vecinos, que a la mañana siguiente irán a cumplir con su trabajo cotidiano, vuelven a cerrar los ojos con resignación y también con esperanza inútil de continuar su interrumpido sueño, sin verse truncado por otra explosión de bronca callejera.

Llarch, J. (1968). “Ruta de los bisontes”. Barrio Chino :[pasado, presente y futuro del famoso barrio barcelonés] (p. 123- 133). Barcelona: Dima.

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3 respostes a El carrer d’en Robador a la literatura (i III)

  1. Martordi ha dit:

    Un retall sublim, preciós…

  2. Carlos ha dit:

    Great, thanks for history in my street ;)

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