Matar al Chino (I-1962) “El ‘Barrio Chino’ ha desaparecido. Un ambicioso y loable plan urbanístico lo ha barrido de la geografía urbana de Barcelona”

Fuente: Institut Cartogràfic de Catalunya. Ciutat Vella 1967. Distrito Vº 1962

Fuente: Institut Cartogràfic de Catalunya. Ciutat Vella 1967. Distrito Vº 1962

Aquest és un mapa de Ciutat Vella de l’any 1962. La part baixa, els límits de la part de Drassanes del Raval, apareixen esborrats amb una nota que diu “CENSURA”.
Aquell mateix any es publica la crònica periodísitca novel·lada “Historia del Barrio Chino de Barcelona” (Paquer, A. (1962). Historia del barrio Chino de Barcelona (p. 148). Barcelona: Rodegar., p. 5-9)
El pròleg -aquí, intengrament  transcrit- és prou  eloqüent respecte al, llavors ja desaparegut, Barri Xino, que “ha sido barrido de la geografía urbana de Barcelona gracias a un ambicioso y loable plan urbanístico”.
Las laberínticas callejas que constituían el “Barrio Chino” ya no son más que recuerdo. Los tugurios y garitos ya no existen. Aquella hez humana que poblaba el barrio ha sido dispersada. Aquel ambiente de desarraigada bohemia — a veces, un tanto artificial y gregaria, casi siempre bordeando la ley —, que constituía el morboso atractivo del “Barrio Chino”, ha pasado también a mejor vida.
La verdad es que hace años que el “Barrio Chino” no existía como tal —es decir, como feudo del hampa y de la sordidez ciudadana—. Su decadencia se había iniciado allá por el año cincuenta y llegó a su punto de definitiva bancarrota cuando las ordenanzas municipales decidieron prohibir severamente aquel abigarrado mercado al aire libre —en el que se vendía desde pescado frito o asadura salteada hasta un par de zapatos a medio usar o una gabardina recién robada—, que le daba a las angostas y malolientes calles cierto pintoresco aspecto de zoco árabe. Todavía, sí, conservaba algo de pintoresquismo, algo de sabor bohemio. Pero todo era muy tibio y deslucido. Todo muy nostálgico y romanticón.
Aquellos cafetines y tabernas, aquellos burdeles y aquellos sofisticados “nidos de Arte” constituían el alfa y el omega vitales de toda una humanidad moralícente tarada. No sólo se acogía el vicio bajo la unánime complicidad del barrio, sino que nacía allí: en la propia carne inocente de las criaturas que crecían en aquel ambiente de infecto hacinamiento humano. El vicio —con toda su secuela de facetas— se transmitía de padres a hijos como una maldita herencia insoslayable. Los niños nacían ya predestinados. Su carne estaba marcada y su espíritu también. El ambiente iría madurando la una y el otro, hasta convertirles en piltrafas humanas, en auténticos ex-hombres.
¡Cuánta ignominia, cuánta humanidad vergonzante y vergonzosa, cuánta lacra vital tuvieron su natural asiento en aquel dédalo de callejuelas! Tahúres y mujeres de rompe y rasga, chulos y ladrones, sodomitas y criminales de toda laya, explotadores y explotados, hicieron de aquella zona de la ciudad su auténtica madriguera urbana. Aquel barrio llegó a ser, dentro de Barcelona, como una auténtica y casi inexpugnable cindadela del vicio y la degeneración, la lobreguez espiritual de cuyos antros atraía irresistiblemente al cursi sentimentalismo de ciertas personas tan “chics” como de estrecha mentalidad.
No se comprende demasiado como aquel oprobioso islote del hampa pudo mantenerse y prosperar hasta tales extremos y durante tanto tiempo en una ciudad como Barcelona. No es suficiente explicación la de que el puerto, un puerto de tanta importancia y densidad de tráfico, propiciaba tal ambiente —lo cual sólo es verdad en parte—, al igual que ocurría en otras grandes urbes mediterráneas, como Marsella —con su célebre barrio portuario— o la misma Genova. Barcelona, aunque puerto y puerto de gran importancia, era —y es— una ciudad con unas tradicionales características propias que armonizaban bien poco con el género de vida —mejor dicho, de infravida— que privaba en el “Barrio Chino” y llegó incluso a infectar peligrosamente, no sólo los barrios aledaños, sino también extensas zonas del perímetro urbano barcelonés. Barcelona no es meramente una ciudad más o menos populosa, ribereña del Mediterráneo. La Ciudad Condal tiene su propia estirpe ciudadana, de carácter tan diferenciado, como noble.
Sólo se comprende aquel fenómeno social que representó el “Barrio Chino” si se le busca la raíz en la hipocresía de gentes cuyo sentido de la responsabilidad radicaba únicamente en la superficie de las normas. También un poco por la blandenguería —aquel absurdo y feminoide dejar hacer— que se estilaba en las esferas rectoras por aquel entonces. Sin olvidarnos de que, secretamente, el “Barrio Chino” —cosa lamentable pero natural— proyectaba sobre gentes de dudoso gusto y vacilante moral —aunque de sólida posición— la morbosa atracción de lo prohibido.
¿Por qué la denominación de “Barrio Chino” que se otorgó a aquella zona urbana que, en un principio, fue meramente un típico arrabal marinero y aun agrícola? Sin duda, para aludir a su naciente cosmopolitismo, cuando llegó a adquirir esa lúgubre y abigarrada personalidad —en el fondo, tan informe— que caracteriza a todos los barrios donde la encanallada promiscuación campa por sus fueros, ya sea en Londres, Singapur o San Francisco, el nombre aquel de “Barrio Chino” no le iba mal al barrio canalla de Barcelona, aunque, esencialmente, tuviese bien poco de barcelonés.
Era nada más que un tumor en el vigoroso cuerpo de la bella y progresiva Barcelona. Un tumor infecto y maligno cuya extirpación era preciso realizar. Ahora el “Barrio Chino” ya no existe. La ciudad se lo ha extirpado por fin.
No, ya no deambulan por las lóbregas callejas del “Barrio Chino” aquellos tipos de infra-humano pintoresquismo. Ni “Marieta enforinada”, ni “el gran Gilbert”, ni “la Moños”, ni “la Bertini”, ni Ivonne “la francesa”… Los tenderetes y puestos al aire libre han des¬aparecido de allí para siempre. Y los garitos. Y los lupanares. Y las sórdidas tabernas. Allí ahora huele mejor. Allí ahora no se oye el incisivo rosquear de la guitarra ni el plañidero gemido del acordeón al filo de la madrugada. Aquellas calles ahora ya no son cosidas a todas horas por el zig-zag vacilante de cualquier borracho. Por ellas ya no corre ahora la sangre ni lucen las navajas. Las calzadas ya no las señorean ni chulos, ni bravucones, ni mujerzuelas. Allí ahora ya no hay misterio alguno que pueda atraer la trasnochada curiosidad de nadie. Sí, se acabó para siempre el anémico pintoresquismo del “Barrio Chino”. Porque donde estuvo enclavado antaño el “Barrio -Chino” luce ahora el sol y crece la ciudad limpia de toda lacra social o arquitectónica.
La añosa mole de las Reales Atarazanas ha dejado de ser oscuro y degradado parapeto del hampa, para recuperar su categoría de hito histórico.”
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