PRÒLOGO a “Un verano con mil julios y otras estaciones” de Pere López Sánchez. SIEMPRE SE ESPERA UN VERANO. Manuel Vázquez Montalbán

Via laietana 1912

Viene de lejos mi conocimiento de la obra del autor de este libro, forzado en el momento de escribir Barcelonas a consultar sus trabajos sobre el centro histórico barcelonés. Me di cuenta de que estaba en presencia de un urbanista riguroso que concebía la ciudad como un resultado histórico de la dialéctica de relaciones de propiedad, poder y supervivencia, a partir de la revolución industrial muy marcada por la lucha de clases proyectada sobre el tejido urbano. No creo que esa dialéctica haya cambiado en lo fundamental, por más que algún filósofo pretenda que esta ciudad es fruto de la buena química entre el príncipe y el arquitecto. Tal vez hayan de pasar unas cuantas décadas para que podamos leer la nueva Barcelona Olímpica al margen del voluntarismo sublimado de un alcalde o de su brain trust, como consecuencia de la victoria de una concepción neocapitalista y postmoderna de la ciudad, emparentada, bastante emparentada, con la concepción noucentista.

Pere López Sánchez se centra en el período de vida urbana que va de la Reforma Interior del siglo XIX a la revuelta de 1909, la Semana Trágica, y establece una geografía política de los usos sociales de la ciudad. No hay una Barcelona, sino varias Barcelonas según el sujeto social que las usa. Una Barcelona que ha despertado de un largo sueño para asumir su condición de capital de la revolución industrial, mercado de trabajo y de vivienda, ciudad mercado mal preparada para hacer frente a sus nuevos usos. Un nuevo tejido social va ocupando la Barcelona degradada mientras las clases patriciales, viejas y nuevas, aprovechan el derrumbamiento de las murallas para irse hacia el Norte, lejos de las aglomeraciones y de la insalubridad de las callejuelas. Será una constante. Los ricos suelen huir hacia el Norte, por más que los poetas, que alguno de ellos leen, les recomienden leer hasta entrada la noche y en invierno viajar hacia el Sur.

La ciudad como marco de un antagonismo social se convierte en este libro en una sólida argumentación, sin fisuras, ni siquiera aprioristicamente escorada por la ideologización. El autor describe una situación, un proceso de intolerancias  e insumisiones objetivas y la ciudad como marco y materia prima de la complejidad de relaciones de protesta y violencia. Por más que el poder establecido, siempre, haya tratado de vender el imaginario de una ciudad consensuada, de todos, para todos, ha sido y es evidente que no es así y la ciudad materializa irrefutablemente el código de la desigualdad. Con los años, el orden establecido ha creado puntos de encuentro, de mercado, de ciudad escaparate, que pueden crear la ilusión pasajera de la ciudad pactada y es posible que en situaciones de fiscalización democrática pueda llegarse a pactar parcialmente la ciudad. Pero en su conjunto cualquier ciudad es la resultante de la dialéctica de sus desigualdades, corregida a posteriori por la presión social. Ni siquiera puede ofrecerse el referente real de la ciudad socialista, lo que pudo haber sido y no fue, porque finalmente también se vio condicionada por ideologizaciones de la élite, por la desigualdad de uso al servicio de la élite y por la estética de la élite del poder.

El período elegido por López Sánchez es de los más interesantes de la historia de Barcelona y tiene su metáfora, de cuando la ciudad mereció el sobrenombre de Rosa de fuego, por las muchas fogatas causadas por revueltas. El autor es sensible a las metáforas (a veces vale más una metáfora que mil razonamientos) y titula su sólido trabajo: Un verano con mil julios y otras estaciones, que más parece título de poemario de artista adolescente. Detrás de aquella rosa de fuego estaba la adquisición de una conciencia de clase, auxiliada por el despertar general del mundo industrial, de cuya noticia era Barcelona parada y fonda primera obligada antes de entrar en España.

Aquella ciudad de los prodigios de una oligarquía, contó con el prodigio no menor de construir una vanguardia de  clase obrera en las
duras condiciones en que suelen gestarse estas vanguardias, iluminadas con lámparas de aceite o carburo, en los barrios que les sobraban a las clases instaladas. Cada prodigio tiene su finalidad y más prodigioso me parece que una clase condenada al analfabetismo y al silencio hiciera de la ciudad el espacio fundamental para su necesario saber social y el lenguaje que lo expresaba, legitimaba, expandía. Las barricadas de 1909 terminan y comienzan la historia de la relación entre la ciudad y su nuevo sujeto social ascendente. Los planes de crecimiento integrador posteriores, que fraguan en torno de la Exposición de 1929, representan un esfuerzo de modernidad conducido por las oligarquías que da paso a la intentona de cambio radical representada por la II República. La derrota de 1939 daría paso al urbanismo de la desidentificación y la represión y tras un breve período de insumisión crítica coincidente con la reconstrucción de una vanguardia social democrática, la ciudad entró en la nueva etapa de los prodigios olímpicos cuya interpretación distante y necesaria aún resulta difícil de establecer, aunque de buenas a primeras podamos delectar una cierta voluntad de postmoderna deshistorificación.
Contra la deshistorificación va este libro. La ciudad es su gente, dijeron los clásicos, pero no encerradas en la muerte plana hidimensional de una instantánea. Es su gente en movimiento, hacia finalidades antagónicas, que se plasman en la estructura física de la ciudad, aunque ahora, en plena postmodernidad, sea estrategia dominante el convertir esos antagonismos en un nuevo orden urbano, en el que centro y periferia marcaran la distancia esencial entre la ciudad de los vencedores y la ciudad de los perdedores.

López Sánchez, P. (1993). Un Verano con mil julios y otras estaciones : Barcelona: de la Reforma Interior a la Revolución de Julio de 1909. Madrid: Siglo XXI.

 

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN
Diciembre de 1992
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