“Las grietas de la ciudad capitalista”. Entrevista con David Harvey

El proyecto neoliberal que se consolidó a principios de la década de los ochenta pretendía fundamentalmente restablecer el poder de las clases dominantes. Entre otras cosas, este nuevo modelo dio rienda suelta a las presiones competitivas y se volcó en la utilización del capital financiero como medio para asegurar la consecución de las tasas de beneficio más elevadas posibles, sin parar mientes en su procedencia. Pero, naturalmente, ninguna de estas medidas podría haber funcionado sin la construcción de un aparato estatal dócil y esta es la tarea que Thatcher y Reagan acometieron a través de diversos procesos de desregulación y privatización, así como de feroces ataques al poder sindical y al estado de bienestar. Esta transformación supuso el abandono del aparato de estado socialdemócrata, supuestamente interesado en el bienestar de todos sus ciudadanos –siempre, eso sí, que no amenazara las bases del capitalismo–, y su sustitución por un aparato estatal neoliberal cuya misión consiste en crear un buen clima para los negocios a cualquier precio. Una de las consecuencias de la puesta en marcha de este nuevo modelo fue que todos los estados del mundo comenzaron a sufrir importantes presiones para que adoptaran políticas neoliberales.

Naturalmente, el proceso no ha tenido lugar de manera uniforme y tampoco puede decirse que haya concluido con un éxito total, pero lo cierto es que se ha convertido en una especie de norma universal a la que los estados más recalcitrantes están obligados a enfrentarse. Desde luego, una vez que esta transformación ha tenido lugar a nivel estatal, hubiera resultado bastante difícil evitar que su lógica se filtrara hasta llegar al nivel de los gobiernos locales, especialmente allí donde el estado nacional correspondiente se había convertido al neoliberalismo. Los gobiernos locales se han visto obligados en diverso grado a asumir iniciativas más propias de empresas privadas –en particular, por lo que toca a la creación de un entorno favorable para el capital privado a costa, si es necesario, de la población urbana–, un proceso que fomenta la competencia entre las regiones metropolitanas. El problema, como veremos, consiste en hallar formas de responder a este desafío sin descuidar por ello el bienestar de todos los ciudadanos.

L'experiència de la "guerra a casa" de prop i personal de les línies del front en tota una dècada de lluita contra la brutalitat policial i l'aburgesament al Lower East Side de Manhattan


Hace algún tiempo señalabas que en los años sesenta la idea de una planificación racional de la ciudadtodavía no se contemplaba como una suerte de pesadilla dictatorial, ¿de dónde procede ese miedo a la planificación?, ¿en qué medida el discurso postmoderno ha contribuido a generar esta nueva situación?

La pérdida de fe en la planificación urbana racional tiene que ver, en primer lugar, con el hecho de que buena parte de aquellas propuestas fracasaron a la hora de cumplir sus promesas. Se basaban en la falsa premisa de que la transformación de las formas espaciales y del entorno constructivo podía ser un medio eficaz para solucionar problemas sociales. En Espacios de esperanza he explicado cómo en su momento no se prestó suficiente atención a este craso error metodológico, que consiste en recurrir a lo que he llamado “utopías de la forma espacial” como vía para hallar una solución, en lugar de construir un utopismo dialéctico abierto a las transformaciones tanto históricas como espaciales. Los enfoques de la planificación racional también se vieron afectados por las contradicciones de un estado socialdemócrata que buscaba satisfacer las necesidades de la población al tiempo que apoyaba formas capitalistas de desarrollo.

La crisis general que comenzó a finales de los años sesenta y que duró hasta el inicio de la apuesta neoliberal en los ochenta giraba precisamente en torno a ese dilema al que la izquierda no logró dar una solución válida. El auge de la crítica posmoderna fue, en mi opinión, una reacción a esta situación más que un elemento causal y, de hecho, algunas de sus consideraciones eran sin duda muy valiosas. Pero es cierto que ahora nos enfrentamos a otro problema: debido a su rechazo a reconocer que la lucha de clases es el único medio de contrarrestar el restablecimiento del poder de clase que ha tenido lugar bajo el neoliberalismo, la ortodoxia posmoderna ha terminado por plantear un serio obstáculo a las posibilidades de un cambio progresista. En definitiva, existe el riesgo de una alianza nefasta entre las posiciones neoliberales y las posmodernas, aunque, de eso estoy seguro, muchos de los que se consideran a sí mismos parte integrante del ámbito posmoderno jamás se considerarían aliados del neoliberalismo.


¿En qué podría consistir en estos momentos una postura crítica dentro del discurso del ordenamiento urbano?

Una postura crítica por lo que toca al planeamiento urbano debería incluir dos elementos íntimamente relacionados entre sí. En primer lugar, debe reconocer que las frecuentes contradicciones que se dan en el seno del proyecto neoliberal o entre los distintos segmentos de las clases dominantes proporcionan cierto margen de maniobra para llevar a cabo diversas actuaciones constructivas y creativas en el proceso de planificación que pueden acarrear beneficios para los grupos o clases marginales. En segundo lugar, ha de identificar las posibles alianzas de fuerzas que pueden formarse en el seno de los movimientos sociales urbanos (que, sí, todavía existen) o entre los movimientos populares más en general y que podrían sentar una base para avanzar sutilmente en un proceso de planificación que pudiera facilitar el desarrollo de las fuerzas favorables al cambio. Pero, además, también hay que tener en cuenta que la lucha ideológica por reapropiarse del derecho a la ciudad que las elites han usurpado y por afianzar los movimientos populares podría ser un primer paso en la definición de una base política desde la que orquestar un contraataque más amplio contra el proyecto neoliberal en general.

Cuando el discurso oficial se ve obligado a afrontar el aumento de la economía informal y sumergida en las metrópolis, del resurgir de métodos de explotación decimonónicos y bolsas de pobreza aguda, lo hace como si se tratara de una lacra del pasado, como si fuera un problema ajeno a la nueva organización económica. En cambio, tú has señalado que el crecimiento de la informalización y la emergencia de espacios urbanos desregulados en los que se toleran esas prácticas es un fenómeno rigurosamente coherente con el nuevo régimen de acumulación flexible. ¿Puedes hablarnos de la coherencia de esas dos realidades? ¿Se trata, de algún modo, de una aplicación al ámbito del urbanismo de la relación entre centro y periferia del modelo de Wallerstein?

Un elemento fundamental en el proyecto neoliberal ha sido la nueva ronda de cercamientos de las propiedades comunes que se ha llevado a cabo a través de la privatización. Este proceso ha significado una “segunda vuelta” de lo que Marx llamó “acumulación primitiva” y que yo prefiero denominar “acumulación por desposesión”. Dado que se trata de una piedra angular de la apuesta neoliberal, no debería sorprendernos la revitalización de antiguas prácticas laborales asociadas con la proletarización y con la pérdida de derechos en general. El hecho de que este tipo de prácticas puedan ahora verse en los centros tradicionales del capitalismo avanzado como Nueva York o Los Ángeles tiene menos que ver con una importación de prácticas laborales desde la periferia o con su pervivencia desde un pasado distante que con la ubicuidad del neoliberalismo. Desde luego, hemos tenido pruebas suficientes de que cuanto más neoliberal se hace un país (como Estados Unidos o Inglaterra), más altos son los niveles de desigualdad social y más comunes son esas prácticas laborales atroces a las que hacíais referencia.

También has señalado que las inversiones en infraestructuras orientadas a mejorar la posición competitiva de una ciudad y las prestaciones económicas con las que se pretende atraer empresas o retenerlas en las ciudades son una forma de subvención a los consumidores ricos y las compañías que se realiza a costa del consumo de la clase trabajadora y de los pobres. Desde esta posición, ¿tiene sentido defender simultáneamente (como hace, por ejemplo, Manuel Castells) una política urbana orientada hacia la competición más feroz y una ciudad más justa y cohesionada para todos, en la que los precios de la vivienda estén controlados y en la que haya unos buenos servicios sociales? Es decir, ¿no son en último término incompatibles ambos objetivos?

Cuando la inversión pública se destina a la creación de un buen clima para los negocios se está subsidiando el capital y, por tanto, se está contribuyendo al proceso de restablecimiento del poder y los privilegios de clase. No obstante, en estos procesos hay ciertas contradicciones que hay que analizar detenidamente. Por ejemplo, hacer más competitiva una ciudad podría requerir prestar atención a cuestiones relacionadas con la calidad de vida en el área urbana y, lógicamente, el empobrecimiento atroz de la población puede constituir un elemento muy poco atractivo para ciertas inversiones de capital. En consecuencia, si lo que se quiere es atraer turismo y ciertos tipos de actividad empresarial, la construcción de un entorno urbano tranquilo, creativo, interesante, etc. puede pasar a formar parte del proyecto neoliberal.

Por lo demás, la competencia espacial es siempre una competición monopolística y en ciertas ocasiones es posible hacer un uso muy eficaz del elemento monopolista. Por ejemplo, hacer una ciudad única, especial y “auténtica” puede resultar muy atractivo y por esta razón hay tantas ciudades que han comenzado a prestar atención a su herencia cultural o a consideraciones culturales en general, con el objeto de realzar su naturaleza comercializable. Esta estrategia puede incluir desde el recurso a la arquitectura de firma (como el Guggenheim de Bilbao o ciertas instalaciones culturales de Barcelona) hasta la reconfiguración y mercantilización de ciertas tradiciones. Yo no estoy a favor de este tipo de marketing que convierte la ciudad en una marca comercial pero es importante darse cuenta de que en estas estrategias hay contradicciones que podrían emplearse para intentar devolver el poder a los movimientos sociales y para mejorar el bienestar urbano. A eso me refería cuando hablaba de la necesidad de analizar las contradicciones del neoliberalismo y de conectar ese análisis con una comprensión de los rumbos que podrían tomar los movimientos sociales urbanos progresistas.

Últimamente han surgido voces que aseguran que se está produciendo una cierta pérdida de poder de los estados-nación que podría redundar en una mejora de las condiciones para la movilización y la toma de decisiones de la ciudadanía en el plano local. ¿Qué opinión te merecen esta clase de ideas?

Sostener que el estado nación ha perdido poder es una estupidez. El hecho de que se haya convertido en un estado neoliberal por oposición al estado socialdemócrata indica meramente que su papel ha cambiado. Y esto es así tanto a nivel local cuanto a nivel nacional.

En numerosas ocasiones has sostenido que no se debería estudiar la ciudad capitalista como una entidad legal o política ni tampoco como un artefacto físico sino que, más bien, hay que ocuparse de procesos de circulación de capital, de los flujos variables de fuerza de trabajo, mercancías y capitales, etc. Desde esta posición, ¿qué piensas de la asombrosa proliferación de estudios urbanos centrados en la idea de ciudad como “texto”, de esa especie de giro lingüístico que ha tenido lugar en este tipo de estudios?

La forma de representación de la ciudad en el pensamiento es un tema muy importante y qué duda cabe de que en nuestra experiencia de la vida urbana siempre entra en juego un elemento estético. Así que, en principio, no tengo ningún problema con ciertas formas de estudiar la ciudad como un texto o de seleccionar como tema de análisis la manera en que se representa la ciudad en el ámbito textual. El problema surge cuando se dice que la ciudad es sólo texto y nada más. Me parece una postura tremendamente estúpida cuya principal aportación es lograr que los banqueros, especuladores, terratenientes y constructores hagan el camino al banco muertos de risa, bien conscientes de que la oposición que puede plantear el análisis textual es absolutamente insignificante.

A menudo has defendido la idea de que el capitalismo supera sus contradicciones internas –en particular, sus crisis de sobreacumulación– a través de soluciones espaciales. ¿Puedes hablarnos de estas “soluciones” y de cómo afectan a las ciudades?

Durante mucho tiempo, las ciudades han sido sumideros para la inversión. En consecuencia, se da una relación de vital importancia entre los flujos de inversión en el entorno construido y la tendencia hacia la sobreacumulación (es decir, la producción de capital excedente enfrentada al problema de la falta de oportunidades rentables de inversión). Así pues, la construcción y reconstrucción de las ciudades debe situarse de pleno en este contexto de acumulación y sobreacumulación. Como señaló Marx, una de las peculiaridades del capital fijo de tipo independiente (casas, hospitales, carreteras, etc.) es que su circulación no está supeditada a los beneficios sino que basta con que genere intereses, una característica importante a la hora de entender cómo el proceso urbano se integra en las reglas de circulación del capital. Esta situación tiene distintas consecuencias: en primer lugar, la forma espacial se ve constantemente remodelada de acuerdo con los dictados de la acumulación y, en segundo lugar, se emprenden proyectos de reinversión en todos aquellos espacios urbanos ya existentes que tengan una baja rentabilidad (por ejemplo, construyendo instalaciones culturales, estadios de fútbol, etc.). Muy a menudo estos procesos tienen lugar con perjuicio de los vecinos de la zona y también aquí hallamos una fuente de oposición considerable a las reglas de juego del desarrollo urbano que establece el capital.

En los últimos años, entre este tipo de soluciones ya nunca se cuenta la posibilidad de un incremento del gasto público que suponga algún tipo de redistribución de la riqueza, una suerte de nuevo New Deal o de reforma social en el interior. ¿A qué crees que se debe esta situación? Desde mi punto de vista, el neoliberalismo como solución a los males del capitalismo está completamente agotado. Además, ha generado un amplio movimiento de oposición por todo el mundo que está comenzando a unirse alrededor de un movimiento en pro de una globalización alternativa o de una justicia global. En este momento no creo que este movimiento tenga la fuerza suficiente o esté lo bastante afianzado como para presentar una alternativa global, aunque veo factible que pueda llegar a hacerlo en los próximos años. En el ínterin, por tanto, parece que una suerte de nuevo New Deal o de retorno a formas más socialdemócratas de gobierno habría de considerarse no sólo deseable sino también posible. Ahora bien, al reclamar una solución de este tipo debemos estar bien seguros de no repetir los errores de las viejas formas socialdemócratas del pasado y de no caer otra vez en la trampa del “utopismo espacial” y en los problemas de la planificación racional tal como se manifestaron en los años sesenta. Debemos dirigir la vista atrás y analizar cuidadosamente por qué la izquierda fracasó en los setenta y examinar las formas en las que los movimientos de oposición están articulando hoy día una línea política muy diferente de la que existió en el pasado. No deberíamos buscar un camino de retroceso pendular hacia donde ya estuvimos antes, sino quedeberíamos esforzarnos por movernos en espiral a través de un nuevo estallido de energía en torno a los ideales de un gobierno democrático.

Hoy en día, en España, el único sector que mantiene activa la economía es el inmobiliario. ¿Cuánto tiempo puede aguantar una economía en la que la construcción y la compraventa inmobiliaria son los únicos sectores con crecimiento? ¿Qué papel juega la especulación inmobiliaria en las grandes crisis económicas? El sector inmobiliario en Gran Bretaña y en Estados Unidos ha contribuido de manera fundamental a llevar a ambos países a la recesión que comenzó en 2001. Y esto puede ocurrir también en otros países, como España. Merece la pena recordar el papel que jugó el hundimiento del sector inmobiliario en las grandes recesiones del pasado (como la del verano de 1973, el declive de finales de los ochenta, el fin del boom en Japón o la crisis fiscal en la que se vieron sumidos Tailandia y los demás países del Este y del Sudeste asiático en 1997-98). En mi opinión, en estos momentos nos encontramos en una fase clásica de utilización del entorno construido como un sumidero para el capital excedente en un momento de sobreacumulación y la única pregunta que cabe hacerse es cuánto puede durar esta situación sin que la burbuja inmobiliaria estalle y si, cuando esto ocurra, habrá otras salidas disponibles que permitan aprovechar toda esta capacidad o si nos veremos abocados a una recesión deflacionaria (una versión a escala mundial de lo que le sucedió a Japón en los noventa). No puedo prever el porvenir, pero estoy prácticamente seguro de que en un futuro no muy lejano tocará realizar ciertas “correcciones” difíciles en el negocio de la inversión inmobiliaria.

En tus textos te has distanciado claramente del tradicional desdén que han mostrado los marxistas por las cuestiones relacionadas con la justicia y los derechos. ¿Crees que son cuestiones que tienen un particular interés en el ámbito de los conflictos específicamente urbanos?

La cuestión de la justicia social y de los derechos es un arma con doble filo. En mi opinión, no podemos arreglárnoslas sin tales conceptos en la vida política, ya que son cruciales en cualquier forma de lucha. La dificultad surge cuando se presupone que hay una única concepción fija y universal de los derechos a la que todos deberíamos adherirnos. Sabemos que, en la coyuntura actual, el derecho a la propiedad privada y la tasa de beneficio dominan sobre cualquier otro tipo de derechos y que esos derechos están consagrados en la Declaración de las Naciones Unidas. Pero también debemos darnos cuenta de que los trabajadores y los vecinos de los barrios luchan por sus derechos y en contra de la injusticia; eliminar todo esto de la política sería una locura. Entiendo perfectamente la crítica de Marx a los derechos universales y comparto su postura pero me niego a abandonar el poder de un lenguaje que puede impulsarnos de manera muy poderosa a restablecer las condiciones de un gobierno democrático. La definición de justicia o de derechos que se obtenga depende de la lucha y el punto en el que Marx tenía razón es en insistir en que la lucha viene primero. En cualquier caso, cuando necesitamos articular los motivos por los que estamos luchando, la ideas sobre la justicia y los derechos son imposibles de ignorar.

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