Morente y Cohen entendieron a Nietzsche. Sobre el odio al bien.

Decía Bataille (en 1979. Prefacio. In Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte (pp. 16-27). Madrid: Taurus Ediciones.: 17) a propósito de la filosofía de Nietzsche: “… más que ser el filósofo de la voluntad de poder, es el filósofo del mal, o dicho de otro modo del odio al bien” su odio del bien está justificado por él como la condición misma de la libertad “. Es decir, lo que está proponiendo es el mal como objeto de una refinada búsqueda moral. “Y es que el mal es lo contrario de la coerción – la cual, en principio, se ejerce con vistas a un bien -. El mal no es, sino duda, lo que una hipócrita serie de malentendidos han querido hacer de él”.

Nietzsche, en su Genealogía de la moral rastrea el origen del vocablo “bueno”. Según él, un primer origen se funda en un error ya que establece que “bueno” tiene que ver con la función de utilidad de la bondad, es decir, el llevar a cabo acciones “no egoístas”.

Rechaza esta etimología al descubrir que la utilidad no tenía nada que ver:

fueron «los buenos» mismos, es decir, «los nobles, los poderosos, los hombres de posición superior y elevados sentimientos» quienes se sintieron y se valoraron a sí mismos y a su obrar como buenos, o sea como algo de primer rango, en contraposición a todo lo «bajo, abyecto, vulgar y plebeyo». Partiendo de este pathos de la distancia es como se arrogaron el derecho de crear valores, de acuñar nombres de valores: ¡qué les importaba a ellos la utilidad! […]que en las palabras y raíces que designan «bueno» se transparenta todavía, de muchas formas, el matiz básico en razón del cual los nobles se sentían precisamente hombres de rango superior. Es cierto que, quizá en la mayoría de los casos, éstos se apoyan, para darse nombre, sencillamente en su superioridad de poder (se llaman «los poderosos», los «señores», «los que mandan»), o en el signo más visible de tal superioridad, y se llaman por ejemplo, «los ricos», «los propietarios»

Según el filósofo alemán, fueron los nobles- guerreros- dominadores los que se arrogaron la capacidad mística y mixtificada de determinar que, en tanto ellos eran nobles, sus acciones así lo serían y por ende, las acciones “nobles” serán “buenas”. Además, si lo noble se antepone a lo vulgar -al “vulgo”, lo bueno a lo malo, las acciones nobles son necesariamente “buenas” y así, las del pueblo, “malas”.

El pathos de la nobleza y de la distancia, como hemos dicho, el duradero y dominante sentimiento global y radical de una especie superior dominadora en su relación con una especie inferior, con un «abajo» —éste es el origen de la antítesis «bueno» y «malo». (El derecho del señor a dar nombres llega tan lejos que deberíamos permitirnos el concebir también el origen del lenguaje como una exteriorización de poder de los que dominan: dicen «esto es esto y aquello», imprimen a cada cosa y a cada acontecimiento el sello de un sonido y con esto se lo apropian, por así decirlo.)[…] La indicación de cuál es el camino correcto me la proporcionó el problema referente a qué es lo que las designaciones de lo «bueno» acuñadas por las diversas lenguas pretenden propiamente significar en el aspecto etimológico: encontré aquí que todas ellas remiten a idéntica metamorfosis conceptual, —que, en todas partes, «noble», «aristocrático» en el sentido estamental, es el concepto básico a partir del cual se desarrolló luego, por necesidad, «bueno» en el sentido de «anímicamente noble», de «aristocrático», de «anímicamente de índole elevada», «anímicamente privilegiado»: un desarrollo que marcha siempre paralelo a aquel otro que hace que «vulgar», «plebeyo», «bajo», acaben por pasar al concepto «malo». El más elocuente ejemplo de esto último es la misma palabra alemana «malo» (schlecht): en sí es idéntica a «simple» (schlicht) —véase «simplemente» (schlechtweg, schlechterdings)— y en su origen designaba al hombre simple, vulgar, sin que, al hacerlo, lanzase aún una recelosa mirada de soslayo, sino sencillamente en contraposición al noble,

En esta apropiación de la moral por parte de los “poderosos”, se llegó a entrar en conflicto, con lo que empezaba a ser una nueva casta, con pretensiones de dominación “la casta suprema, la casta sacerdotal”. Esta nueva clase descacreditó la autoridad de los guerreros -y de cualquier otro grupo- para definir “el bien”. En su lucha contra “los nobles” la casta sacerdotal, más débil y no preparada para la confrontación física, conviertieó el miedo al choque en odio, transvalorizando este resentimiento en “lo bueno” y su contrario, en “lo malo”.

La función primera de utilidad, desmantelada por “la verdad” del poder que imponen, a su gusto y necesidad, qué es lo bueno, y asigna todo lo malo a las clases dominadas cayó en el olvido. La casta sacerdotal erigiría como estandarte “el bien” –su bien- para llevar a cabo todo el mal que su miedo requiriese. Con el éxito asociado al hecho que, el bien fundado en el rencor y el odio, reinstituiría la distancia original, haría prevalecer la cobardía, la mentira, las malas artes, las argucias enmascaradas bajo el manto del bien, convirtiendo cualquier impugnación a su orden, en una expresión del mal, de lo diabólico, de lo sucio. En este trance, el instinto de rebaño hizo el resto. El sometimiento a un orden arbitrario, refundado en un miedo a la autodeterminación, debería conllevar lógicamente a una agudización del instinto de rebaño que asumió un bien, transvalorizado, incompetente y criminal.

Esta agudísima apreciación nietzscheana se recoge en textos de Leonard Cohen, basado a su vez en poemas de Lorca y cantados maravillosamente por el maestro Morente en estos tientos/tangos: Sacerdotes (Priests) que quedó grabado en el disco Omega con Lagartija Nick:

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