Orden, de Agustín García Calvo

“siempre sigue quedando por ahí algo de pueblo que no se cree [el orden impuesto desde arriba], y que sigue hablando de vez en cuando y dando guerra.”

 

He saludado en la Puerta del Sol a los estudiantes y otros disconformes con el régimen como la alegría que son de lo inesperado (por más que digan ahora los entendidos) y al mismo tiempo como algo que se seguía esperando desde hace 46 años, cuando la ola de descontento juvenil que venía corriendo entre estudiantes del mundo progresado, Tokio, California, París, llegó hasta Madrid (aquí del antiguo régimen no quedaba más que la policía y la censura) y nos arrastró con ella, para seguir luego con las bandas de Alemania y terminar en el fastuoso Mayo de París, esto es, desde que se estaba estableciendo el régimen actual, que es el de la identificación descarada del Estado con el capital, o sea, el régimen del dinero, hasta estos días en que venía pasando de su madurez y ha dado lugar a esta renovación del descontento.

Pero me vuelvo aquí ahora a los lectores, por si algunos se sienten escandalizados o desconcertados por este despertar de la gente menos formada, que pone en peligro la seguridad de las cuentas y creencias en que ellos se sostenían, y temen acaso que “si esto cunde, el mundo se les hunde”, a fin de tranquilizarlos un tanto y de invitarles a volverse sobre las ideas de política o economía que tenían por necesarias y seguras.

Es, en suma, la cuestión del orden. Tal vez los que creen en la ordenación social por leyes y planes impuestos desde las instancias superiores del poder (lo mismo que creen en el universo que la ciencia vulgarizada les ofrece), y que desesperan si esa ordenación se tambalea o se pone en duda, es que no quieren enterarse de lo que por doquiera se les revela: que ese orden no se impone sobre ningún caos, que nunca ha habido, sino sobre otro orden antes y desde instancias inferiores entretejido, y que podía ser más sabio, más valioso para el sentir común, pero que queda estropeado y subsumido por la imposición del orden superior.

Esto se revela de la manera más clara en el caso de la lengua, sobre el que vuelvo ahora. Aquí la instancia superior es la escritura (con todos sus desarrollos imaginísticos,informáticos y digitales) con la que nuestra historia empieza (hace unos cien siglos nada más) y sobre la que la cultura (escolar, literaria, académica, científica, religiosa) se ha constituido: esa ordenación, reglas o leyes, de la escritura no se impone sobre ningún balbuceo bárbaro o selvático, sino sobre la lengua corriente y vulgar, la común a cualesquiera lenguas y lade cada idioma en que se manifiesta, que se revela como ordenación o máquina, compleja y flexible a la vez, desde el nivel de los fonemas y prosodias hasta el de la sintaxis de la frase, y bien regida sin que nadie se lo mande, mientras no viene a intervenir en ella la conciencia y las reglas políticas o culturales, que inmediatamente la desvirtúan y estropean, ya que la gente sólo habla así de bien gracias a que no sabe (conscientemente) qué hace cuando habla.

Pues bien: los que creen en la ordenación desde lo alto y se desgarran las vestiduras cuando su orden amenaza con derrumbarse están obligados a declarar que lo que importa, lo que de verdad vale, es la escritura, con toda su cultura encima, y que eso de la lengua corriente y común son fantasías o residuos negligibles.

Están obligados. Háganlo ya, señores. Porque, si no, ¿cómo van luego a sostener una fe en el orden social, el jurídico, el económico, y, en el último progreso a que han llegado con el régimen del bienestar? Negras se las van a ver para creer en eso si se dejan sentir que por debajo había, y hay, otro orden, quizá más sabio, quizá más rico, y si no eliminan del todo la lengua común, lo que queda de pueblo entre la gente.

Todavía en medio del imperio del régimen del dinero, han surgido una y otra vez intentos de descubrir que se puede convivir ordenadamente, en comunidades, sin dinero: así con los hippies y demás de los años sesenta, así antes con los anarcos, en medio de la guerra civil, en algunos pueblos. Ya comprendo que es más cómodo atenerse, aunque sea a costa del caos del tráfico y la burocracia, a la ordenación que el Estado de bienestar nos proporciona; sólo que está asentado sobre la mentira, y hay algunos que piensan que sobre la mentira no puede asentarse nada bueno.

Aquellos intentos han ido naturalmente fracasando (unos pocos de ellos fracasando por el éxito, convirtiéndose en empresas normalizadas bajo el régimen del dinero), han ido pasando a la historia, esa que les cuentan cada día.

Pero el caso es que (ya ven) siempre sigue quedando por ahí algo de pueblo que no se lo cree, y que sigue hablando de vez en cuando y dando guerra.

Agustín García Calvo , filósofo y helenista, profesor eméritode la UCM.

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