La larga crisis ·Agustín García Calvo

 

Solo que nuestra ordenación se impone como superior a cualesquiera otras: es la fe en que se puede ordenar el mundo (y, de paso, ordenarse cada uno) desde arriba, en el futuro. Es esa ordenación la que produce, de presente, cuanto haya entre nosotros de caos en el tráfico, la legislación, los desastres pasionales o las crisis financieras. Pero es esa fe en nuestra ordenación lo que está encubriendo lo que había, y hay, por debajo de ella de otras ordenacion

Cuántos años hará que el término crisis sigue haciendo su juego entre economistas y políticos, pero ya también en bocas del vulgo que somos cuando nos lo creemos? A paso lento va la Crisis: nada de aquello del 1929, cuando la Gran Empresa se hundía repentinamente y los banqueros se tiraban de los rascacielos: el Capital aprende con el Tiempo: aquellos eran los años de su alocada y turbia adolescencia: ahora que va pasando de su madurez, ha ganado mucho en prudencia y mañas para sostenerse. Y, si a los lectores no les gustan estas que parecen metáforas biológicas, ánimo, sigan leyendo un poco más.

    ¿Cunde entre la gente un malestar del bienestar, un fallo del ideal y de la fe?

    Entre tanto, la Crisis es un buen ejemplo de cómo la realidad político-económica pone empeño en darle a un término el significado que no tenía (¿qué tendrá que ver con la crítica o discernimiento que era krísis?, ¿o viene acaso del uso médico, de cuando se decía que una enfermedad hacía crisis?), para que así quede enlatada en el nombre casi técnico una vaga desazón que amenazaba con cundir entre la gente: ¿un malestar del Bienestar?, ¿un fallo del ideal y de la fe?

    La película de Ferguson Inside Job que se ve estos días trata de enfrentarse con el asunto, centrándose en Estados Unidos de los años 80 hasta el casi presente, si bien presentando al paso algunos otros casos ilustres y rápidos, como el de Islandia, sus tierras y gentes destrozadas en pocos años con la entrada de su Banca y Gobierno en la onda del Gran Dinero, el Régimen que padecemos desde hace más de 40 años y quiere englobar el mundo; y ofrece la película, por cierto, vistas tremebundas de los manejos medio secretos de la Gran Empresa, el Capital y las Finanzas estatales durante esos años.

    ¿Cuál es, entonces, el error que la hace inútil para la revelación o rebelión y que permite, por tanto, que no sólo se la tolere en los altos centros de la Cultura, sino que se la premie como buen documental?

    La película consiste, en la gran mayoría de su tiempo y planos, en una ristra de caras de economistas, banqueros, agentes de bolsa, directivos de gran empresa, investigadores del Fisco, ingenieros de finanzas…, respondiendo al encuestador, defendiéndose, atacando, opinando de las causas del mal y su futuro, una ristra insoportable, y más para los que no se creen que, a su vez, entienden lo que pasa con el Dinero.

    No cabe duda de la intención crítica de los realizadores; sólo que de buenas intenciones está llena la triste Historia. El dar tal importancia a las caras y opiniones de los que andan en esos tejemanejes contribuye a la humana ilusión de creer que saben de veras lo que dicen y hacen y que son los responsables y dirigentes del tinglado.

    Y, si algún lector me dice “ya, pero el caso es que, a veces, sin saber, aciertan”, pues, sí: a fuerza de tantear con el ordenador, cualquiera un poco listo aprende a hacer lo que el ordenador mande, y, de vez en cuando, le resulta; eso no prueba para nada que sepan, como hacen creer y se creen ellos, lo que hacen ni lo que dicen.

    Pero lo peor del error es que, con esa atención a las personas, nos ocultan y se nos escapa la gracia de descubrir que el Dinero en persona, los Capitales y la Empresas, los Estados, tienen y desarrollan, como los organismos naturales, mañas y trucos para mantenerse, crecer, cambiar para seguir siendo, enfermando, reponiéndose, pereciendo para que otros nazcan de sus cadáveres.

    ¿No se lo acaban de creer ustedes? Claro: ustedes creen en las personas. Y tienen que creer en responsables, autores, culpables, porque esa fe es la propia realidad humana: ¿cómo se iban a llenar los medios informativos si no fuera con Nombres Propios de ministros o empresarios y opiniones sobre sus méritos o culpas?, ¿cómo iba a haber una sociedad de autores, músicos o poetas, para defensa de sus derechos?

    O vamos a ver qué es eso de lo natural, que les atribuimos a los otros animales, árboles, astros y hasta átomos: ¿no han oído que Natura, la desconocida, tiene, para hacerse realidad, que aprender matemáticas y tratar de ajustarse a ellas hasta cierto punto? Pues ¿qué les extraña si también, en este tipo de cosas que nosotros somos, se forman organismos (empresas, Estados, bancos, bolsas) que desarrollan sus leyes, ordenaciones y cálculos para sostenerse mientras puedan?

    Solo que nuestra ordenación se impone como superior a cualesquiera otras: es la fe en que se puede ordenar el mundo (y, de paso, ordenarse cada uno) desde arriba, en el futuro. Es esa ordenación la que produce, de presente, cuanto haya entre nosotros de caos en el tráfico, la legislación, los desastres pasionales o las crisis financieras. Pero es esa fe en nuestra ordenación lo que está encubriendo lo que había, y hay, por debajo de ella de otras ordenaciones; como, por ejemplo la reglamentación escolar y académica de la escritura oculta y entorpece el orden, común y subconsciente, de la lengua viva.

    Una ordenación superior y humana, otra que late por debajo de esa: usted verá qué parte de usted mismo se queda con la una y cuál se va con la otra.

     

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